El hombre que lloró para siempre

Ciervo en un Cementerio

¡Aullad! ¡Aullad! ¡Aullad! ¡Aullad! ¡Oh, sois hombre de piedra!   
W. Shakespeare- El Rey Lear

Obsesivo como soy, que prefiero leer varias veces lo que me gusta y ninguna lo que no, una tarde de noviembre en la que, lamentablemente para este relato, no llovía y por tanto no corrían nostálgicas gotas de agua sobre los empañados cristales de una ventana asomada a un antiguo jardín, y más aun, teniendo en cuenta que no tengo jardín, recordé sin más lo que ahora intentaré contar.

Leía un libro de Ray Bradbury ¡sí… otra vez…! (lo leía un poco a escondidas, para que Ana no viera que volvía a leer lo que tantas veces había leído y comenzara a pensar que algo no me funcionaba con normalidad) ( lo cual podría llegar a ser cierto) ( pero no quiero que se note) aquel cuento titulado “El día que llovió para siempre”. Al acabar la lectura no pude evitar dar rienda suelta a esa manía golosa que tengo de auscultar un libro cuando lo que me ha contado me gusta. Lo espulgo con la misma devoción y minuciosidad con que a veces ausculto a mi perro con el objeto de comprobar que no está habitado por ninguna clase de okupas. Acaricio la tapa, compruebo sus pegamentos, huelo el aire atrapado entre sus hojas, el aroma de la tinta, el tacto del papel y ese olor a humedad que desprenden las historias que están agazapadas entre las palabras. Y miro las letras y me enorgullezco de conocerlas a todas, lo cual no es tan sencillo siendo como son unos signos parecidos a los dibujos de un loco y que sin embargo, mezclados de una manera o de otra dicen unas u otras cosas. Nos cuentan, por ejemplo, la historia de una niña que atravesó sin daño un espejo, o la de un inventor que viajaba por el tiempo o la de un hombre que miraba pasar los trenes. (¡No me negaréis que esto es algo alucinante! )

Y me asombro: me resiento y me asombro de que los grandes pensadores universales no hayan descubierto aún lo que he descubierto yo, un humilde lector que lee casi a escondidas. YO (con mayúsculas) he descubierto, para gozo y solaz de la humanidad, que los libros son la segunda mayor maravilla creada por el hombre (… ¿ perdón?… la escritura, la primera es la escritura), los libros de las librerías, esos que son de papel y tinta, con tapas y con palabras con las que se puede volar por todo el universo, ir al futuro o regresar al pasado. Reír o llorar o desear que el autor se rompa una pierna.

No recuerdo a santo de qué he llegado a este punto, pero con la modestia que me caracteriza, deduzco que con estos sutiles comentarios he creado un clima de suspenso difícilmente soportable para cualquier lector avispado.

Digo que leía como si fuera por primera vez aquel relato de Bradbury y entonces mi memoria, jugando plagiariamente con las palabras que formaban el título de aquel relato, me trajo un recuerdo empecinadamente inolvidable, el de un atardecer en una carretera de Logroño cuando descubrí que había descubierto al hombre que lloró para siempre.

Iré al grano, si es posible; tengo prisa en traspasaros un poco del nudo en la garganta que me trae esta historia. Son los riesgos que corren los lectores. Abren un libro y no saben en qué fregado los va a meter el autor, quien en la mayoría de los casos es un degenerado que se esconde entre las páginas dispuesto a echárseles al cuello solo por el gusto de hacerles daño.

Felix Aguirre Sarobe era un compañero de trabajo que me esperaba en la delegación de Bilbao y con el que era imposible no establecer una relación de admiración y amistad de buenas a primeras. Conocerlo era como ponerte Bilbao y alrededores en una bandeja de plata para que te enamoraras de esa tierra en menos tiempo que nadie. Quiero decir que siendo como era y haciendo lo que hacía, su amistad te integraba en el País Vasco como en un cursillo intensivo. Porque no te haces admirador del País Vasco: te integras. Y a partir de entonces, mientras estás allí, eres de allí. Es un secreto difícil de explicar si lo lees en una mala historia como esta y muy fácil de entender si viajas allí y pasas unos días sumergido en lo que te rodea. Porque no observas ni aprendes en Bilbao, es algo distinto: allí te sumerges.

Vendíamos materiales y máquinas para soldar metales, y yo lo visitaba como técnico, enviado por la fábrica que estaba en Barcelona. Recorríamos Guipúzcoa con ese objetivo comercial.

Entrábamos a los talleres en donde todos conocían a Félix y nos íbamos ganando la vida de la mejor manera posible. Pero esas ceremonias solo duraban hasta el mediodía. Sobre las 12, Félix se transformaba: como un ofidio que cambia la piel entre las rocas, dejaba la maleta con los folletos de soldadura en el maletero y me llevaba hasta alguna de las pescaderías que él conocía para comprar la merluza. Porque Félix, mi compañero de ventas, era uno de los más afamados cocineros de los chocos de la zona.

Comiendo, que es como se conoce a la mayoría de los vascos cuando están en su tierra, conocí a Juanjo Olazábal. Era un hombre alto, muy voluminoso, hasta tal punto que, acostumbrado a tener que tratar con gente de menor estatura, al hablar tenía la costumbre de encorvarse un poco, se inclinaba sobre ti, como si fuera a picotearte, lo cual no dejaba de ser un gesto de amistad: quiero decir que hablabas con él y no te sentías tan enano porque su cara estaba cerca, con sus bigotes de mostacho, su nariz potente y una sonrisa que enarbolaba casi permanentemente. Y cuando se reía por algo, cosa que en él era algo habitual, las mejillas se le enrojecían un poco. Félix decía que era como niño grande y tal vez tenía razón, él debía saberlo, siendo que eran tan amigos.

Ese mediodía comimos en un choco privado en la zona de Sondika. Degustábamos una merluza inolvidable bajo el zumbido de los aviones del aeropuerto vecino.

A los postres me llamaron por teléfono desde Barcelona. Llegaban las navidades y mis jefes me pedían que en el viaje de regreso, al pasar por Logroño, me detuviera en alguna bodega para encargar una partida de vino para los clientes. Félix me comentó que también necesitaban unas cajas para el choco, y Juanjo se ofreció a acompañarme, pues era amigo de Isasín Muga desde la infancia, y Muga era una de las bodegas más tradicionales de La Rioja.

Hicimos el viaje en mi coche, Juanjo y yo. Luego él se quedaría unos días en Logroño y regresaría a Bilbao por su cuenta.

Mi Talbot Horizon no era un coche pequeño, pero sí lo era para Juanjo que viajaba algo encorvado. Durmió roncando como una mula durante la primera parte del camino. Cada tanto cabeceaba hacia adelante poniendo en riesgo la integridad del salpicadero, hasta que en una curva le dio con la cabeza y se despertó. Esbozó una enorme sonrisa, con dientes grandes y a granel, y tuvimos que hablar.

Una cosa es hablar y otra muy distinta “tener” que hablar. Viajas en un coche con alguien que solo has conocido hace unas horas, y no puedes ir mudo. Tienes que hablar de algo aunque no sea más que de tonterías. En tales circunstancias, y para que no se note que soy un poco lelo, jamás hablo del tiempo. Caía una suave llovizna y se hacía de noche. Así que respondiendo a su pregunta le dije cuánto tiempo hacía que vivía en Barcelona (menos de un año) y que sí, que extrañaba cosas de Argentina y quiénes eran los parientes que me quedaban allí. Y le hablé de mis hijos. (No puedes -como ocurre en mi caso- haber tenido la suerte de tener los dos hijos más hermosos y más inteligentes del mundo y ocultarlo. Solo se trata, con la más absoluta imparcialidad, de reconocer un hecho incontestable y aceptar la suerte que te ha tocado).

Dije: ¿Y tú tienes hijos?

Dijo: (pero mirando hacia su lado de la carretera, como si hablara hacia afuera) Tengo una hija de 15 años…y “tuve” un hijo.

Y yo, imperdonable bocazas, pregunté:

Dije: ¿Por qué tuve?

Y él, aún sin mirarme, murmuró: Mi Esteban, con diez y siete años, murió… murió el año pasado, en tu tierra, en Cataluña.

Me quedé como si me hubieran dado la bofetada que me parecía merecer. No sé qué dije, supongo que dije algo. Y el continuó,

Dijo: A veces los amigos nos reunimos en el bar de siempre, y los chavales se juntan, las chicas por un lado y ellos por otro, y yo los miro y pienso, mi Esteban debería estar allí….

Y entonces, con toda su voz y su cuerpo de gigante gritó el más terrible alarido que oiré en mi vida. Comenzó a aullar, aullaba con un rugido que le salía de las entrañas, y su llanto lo ocupaba todo, aturdía, y el coche ahora parecía más pequeño que nunca.

Me detuve en el arcén. Fui capaz de detener el coche en el arcén. Y él seguía desgarrándose, era un llanto rocoso, un dolor que había estado agazapado en su garganta durante mucho tiempo. Había comido y bebido y hablado teniendo en suspenso ese nudo siempre allí, había vivido con él como si vivir le importara, como si las cosas cotidianas realmente existieran, cuando en realidad ese dolor lo borraba todo. ¿Cuánto tiempo estuvo a mi lado llorando a voces como un lobo? No lo sé. Unos minutos, unas horas, quizás un siglo. Sí, creo que fue un siglo. El tráfico, lanzado por la carretera, pasaba nuestro lado con un sonido como de cristales rotos, las luces de los que iban y venían por el asfalto pegajoso de lluvia entraban y salían por nuestras ventanillas. Y a mí me asombraba que aquel rugido de dolor no hubiera paralizado el universo. Nunca estuve tan solo como en aquella carretera, oyendo el llanto de un hombre al que apenas conocía. ¿Cuánto tiempo estuve aferrado fieramente al volante de un coche detenido a un costado del mundo? No hay relojes para medir el dolor. Después, en algún momento, se quedó en silencio. Nos quedamos en silencio. La carretera seguía siseando. Las luces de los faros entraban y salían. Se sonó sonoramente las narices, y luego susurró con la voz de un hombre pequeño:

Dijo: Vamos.

Y al poco llegamos a las Bodegas Muga.

Nos recibió el dueño, a Juanjo con un gran abrazo, a mí con un apretón de manos de bodeguero famoso. Recorrimos las instalaciones. Muga me dijo, con orgullo:

Dijo: si encuentras un solo tanque o tonel de cemento o de inoxidable, te regalo la bodega. Jugaba con trampas, tenía su propia carpintería de roble americano. Nos hizo probar sus vinos en unas copas tan grandes que en ellas hubiera podido nadar una trucha.

Fuimos a su choco privado y cenamos como emperadores romanos viciosos, y luego vimos el fútbol. Me alojaron en un hotel que habían hecho entre varios viñateros en un antiguo convento, y por la mañana regresé solo a Barcelona. De las tres cajas de vino reserva que Muga me regaló, dos eran para mis jefes y la tercera la bebí con mi familia en navidades.

Le conté a mi esposa Ana mi aventura bodeguera (no le mencioné nada sobre Juanjo) y un poco para espantar la tentación de contarle lo que no le conté, le dije que lo único malo para mí de aquella velada fue que el Real Madrid había ganado por tres a cero.

Volví a Bilbao un mes más tarde. Compramos la merluza y solos, Félix y yo, nos sentamos a comer, pero unos minutos antes, mientras revolvía el pimiento en el aceite y me explicaba por qué no se debe poner cebolla en la merluza, sin quitar la vista de la sartén en la que la cuchara de madera giraba lentamente, me preguntó en una voz muy baja, como para que así estuviéramos aun más solos.

Dijo: ¿Qué tal el viaje?

Dije 😦 yo también murmurando mientras el pimiento crepitaba) ¡Fatal!

Dijo: ¿Te contó?

Dije: Lloró… bueno es un decir… fue más que eso…

Dijo: Es así cada vez… no te imaginas lo que fue aquello.

Nos sentamos a comer en silencio, pero me quedé mirando el plato y no tuvo más remedio que contarme: Habían ido toda la clase de viaje de fin de curso a Canet de Mar. El bus paró frente al hotel y tenían el mar a la vista, a unos doscientos metros. Entre el hotel y la costa pasan las vías del ferrocarril, y hay un túnel por debajo para cruzarlas. Los primeros que bajaron del bus chillaron que allí estaba el mar, y salieron todos corriendo como locos. Ninguno pasó por el túnel, todos cruzaron las vías saltándolas. Esteban, el hijo de Juanjo, bajó del bus entre los últimos. Se había sentado al final del coche porque allí se podía hacer más ruido. De toda la fila que saltó por sobre las vías, Esteban era el anteúltimo, detrás venía el más lento. Cuando ya había saltado el primer riel, el chaval que venía detrás suyo vio venir el tren y le gritó “¡Esteban, el tren!” y él oyó la advertencia e instintivamente se detuvo… se detuvo un segundo… en medio de las vías….

Felix me miró a los ojos, …tenía esa manera de mirar bajando un poco la cabeza como para que supieras que te estaba mirando por dentro. Dijo: “Lo tuve que reconocer yo. No quisieron que Juanjo lo viera. El tren no lo arrollo, no le pasó por encima… lo golpeó… lo encontraron a más de treinta metros de donde lo había cogido. No veas como estaba. Todavía me despierto por las noches y lo veo. No era él. No sé cómo explicarlo. Era él pero ya no lo era…”

Me quedé sin aliento. Una de esas veces en las que te vacías de palabras.

Dijo: Bebe un poco hombre, y me sirvió un chato de vino que casi no pude tragar. Llegué a divisar en el espejo del mostrador a un personaje tan pálido como la cera que sin embargo, se me parecía.

Dijo: No solo era un chaval hermoso: era un fenómeno, jugaba el fútbol como los dioses, ya estaba en las inferiores del Athetic. Juanjo le iba a ver cada vez que jugaban… dirías que eso no es importante si no conocieras Bilbao… pera ya sabes… las chavalas iban locas por él, y Juanjo… que te voy a contar que ya no sepas…

Esa noche, en el hotel, cerré los ojos y vi partir el bus desde Bilbao, lo vi parar para el desayuno, y vi también, como en un pensamiento paralelo, a aquel tren. Lo vi partir de Atocha, parar, esperar a que subieran y bajaran sus pasajeros, el guarda que sonaba su silbato, y luego los vi a la par. El bus llegando a la explanada del hotel, el tren, trescientos metros antes cruzando velozmente un paso a nivel de campanilla histérica y vi a los muchachos que cruzaban corriendo hacia el mar y al último, el que gritó ¡Esteban, el tren! …y el tren que llegaba patinando sobre los rieles y Esteban azorado entre las vías, y cuando el maquinista espantado atinaba a pulsar la bocina, ésta me despertó y ya no pude seguir durmiendo.

Y más tarde, en la ducha, la bocina del tren y los alaridos de aquel hombre aullando como un lobo en la carretera se me confundían en un mismo sonido.

Y pasaron los años y una tarde de enero en que tampoco llovía, releyendo un libro, recordé cuando años atrás, en la carretera de va de Bilbao a Logroño, lloré junto al hombre que lloró para siempre.

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