El oro y el Moro

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Hoy vi pasar trotando al Moro. Está más gordo. Más cuidado. (Se llama Moro y es un jamelgo que tiene más años que el mear.) El Romero, que dicen que es gitano (pero que con certeza no se sabe) lo lleva uncido a una tartana que pintó de verde y blanco y pasa haciéndose el importante como si condujera uno de esos coches que son tan caros que hasta tienen nombre y apellido.

El Romero, delgado y oscuro como una hormiga, así de oscuro, que un punto más y ya sería negro pero no es (por poco, pero no es), y serio, con esa larga melena ondulada que le cubre media espalda, brillando de brillantina, y sin mirar a nadie, así va el Romero, como si nadie supiera que al Moro lo encontró suelto por el campo y que se lo quedó porque nadie tiene coraje de reclamarle nada porque dicen que mató a un hombre y lo echó por encima de la alambrada del criadero de cerdos del Montoya, para que se lo coman los guarros, ¡y que anda si no se lo comieron! Se lo papearon con tanta avaricia que de aquel tipo no quedó nada… nada más que esta historia que les cuento, lo del Romero y lo-de-que-los-cerdos hicieron ñam ñam con aquel desgraciado y si te he visto no me acuerdo.

Y ahora él pasa haciéndose el guaperas como si no supiéramos que al Moro lo encontró por el campo, un caballo tan manso que le bastó con atarle al cogote esa faja negra que siempre lleva arrollada a la cintura y tirar de ella para que el pobre animal lo siguiera como si hubiera sido suyo desde siempre y que dice la Juana (que es esa bajita y gorda que vive por allí cerca y que ya sabemos a qué se dedica por las noches) dice que al Romero, mientras se llevaba el caballo para su chabola se le cayeron los pantalones porque se había quitado la faja y dice que no usa calzoncillos y que tiene el culo mucho más blanco que el resto del cuerpo y que mientras se subía el pantalón ese tan abombachado que lleva siempre, el caballo lo esperaba con cara de aburrido. Lo llevó hasta su casa como si fuera un trasto que eso es lo que es el pobre Moro aunque el Romero ahora que lo tiene él se las dé de finolis de club de equitación y todo eso.

Me lo va a decir a mí que fui el que lo soltó al Moro, que lo tuve que empujar para que se alejara del chamizo del Benicio que si seguía allí se moría de hambre.

Y ahora el Ramón pasa y me hace la sonrisita cómplice y se señala el ojo. “Ojo”, quiere decir, no cuentes nada a nadie que si no, nos joden vivos… Porque estábamos fumando sentados en el terreno que está justo frente al galpón del Benicio y que como allí nadie corta la hierba, está tan crecida que te sientas en el suelo y te tapa que ni te ven, pero que el Benicio, que era un tío de lo peor, vio salir el humo de los cigarros que nos habíamos liado y va y nos grita que somos unos viciosos y nos acusa de robar huevos, que no tiene pruebas pero que el Joputa, que así llamábamos al joputa del Benicio, igual lo dice. Porque finalmente las gallinas que ponen por allí ni siquiera son de él, son de una vecina a la que se le escapan por un agujero en la alambrada que no es cierto que el Ramón ni yo lo hayamos hecho, ese agujero ya estaba hecho, lo que sí que es cierto que era más pequeño pero nosotros solo lo agrandamos para liberar a una gallina que sacaba el cogote por allí y se podía quedar atrapada o morir acogotada y entonces la soltamos y que si abrimos más el agujero y no volvimos a cerrarlo es porque no tenemos oficio ni herramientas y porque no somos cerradores de alambradas, y en cambio somos liberadores de gallinas en trance de extinguirse; que luego las otras hayan salido y se vayan paseando por entre las hierbas altas y pongan huevos no es nuestra culpa: ¡solo faltaría que nos culpen a nosotros de que las gallinas pongan huevos! ¡Que lo culpen a Dios!… No te jode…

Si mientras gateas a cuatro patas por la hierba alta te encuentras un huevo recién puesto toma nota: tienes que llevar en el bolsillo un poco de sal y un palillo, de esos que son para sacarte el sarro o lo que se te haya quedado entre los dientes. O sea, te pones un poco de sal en la lengua y haces dos agujeritos en el huevo: primero uno por el polo de arriba, giras el huevo y te pones el agujerito sobre la boca (tienes que estar acostado boca arriba, como mirando las nubes, pero sin verlas porque si no cierras los ojos no te lo disfrutas tanto) y así boca arriba, de espaldas en la hierba y con el huevo en la boca y haciendo ventosa le haces otro agujerito por el lado de arriba y succionas y te lo chupas, lo vacías por completo, pero el huevo parece entero, la cáscara digo, solo que con dos agujeritos que con un poco de saliva y tierra lo tapas fácil y los dejas por allí, y cuando sales del terreno, que te revisen. “Serán los bichos” le dijo el Ramón a su madre que es amiga de la dueña de las gallinas y le mostraba un huevo vacío como cuerpo del delito, y el bobo del Ramón va y le dice a su progenitora de toda la vida, le dice: “serán los bichos” y no se entera que tiene como una huella amarilla alrededor de la boca, una barba como de huevo seco, y su madre, que es del estilo tanque de la segunda guerra mundial le soltó una ostia en una oreja que dice el Ramón que a él le parece que ahora por ese lado oye menos y que seguro que lo dice para hacerle mala conciencia a su madre para que ella se sienta culpable por el sopapo que le soltó pero yo a su madre la miro (siempre desde lejos) y me da la impresión que a ese tanque Sherman no le daría cargo de conciencia ni aunque matara a Papá Noel, todo sea dicho.

Nos habíamos trincado un par de huevos y mientras fumábamos pensábamos de qué manera podíamos hacerle algún daño al Joputa, El cabrón había estado chillando que sabía que estábamos allí reptando por la grama alta porque veía subir el humo y gritaba que iba a llamar a la policía y que en la comisaría nos darían tanto por el fundillo que no volveríamos sentarnos en tres días. ¡Y que les digo! Que una tarde salió con un rollo de papel de diario encendido y lo arrojó a la hierba, que si no nos quemó vivos fue porque la noche anterior había llovido.

El Joputa vivía en un chamizo cuadrado de hojalata con un perro serio, grande y gordo llamado Choto, su caballo (el Moro) y su carro; vive de hacer viajes y llevar cosas y mudanzas. Tiene unos ojos pequeños y arrugados como culo de gallina, fuma unos charrutos apestosos y siempre lleva puesto un sombrero viejo calado hasta las cejas, uno de esos de fieltro que tiene una mezcla de color sudor y color mierda y debajo de cuya cinta, para hacerse más el Joputa, lleva una navaja,…. y lo odiamos, lo odiamos cantidad, quiero decir, al por mayor, yo y el Ramón, que cuando nos nombro así, en ese orden, el Ramón dice siempre “el burro siempre primero” pero que no me importa, y si me importa le digo “que te jodan” pero como amigos que somos. Y una tarde, mientras fumamos, no sabemos qué pasa con el perro, el Choto, porque el Jopu se ha sacado el cinturón y lo está castigando, y el Choto chilla como loco y el Ramón dice:

Eso no se lo perdonamos. De pegarle al perro ni hablar.

El Ramón le había robado a su padre media botella de vino y estaba peleón, así que agarró un palo, una rama de viña retorcida, y se fue hacia el galpón del Benicio, y yo, idiota, lo sigo y entramos y el Benicio, ya sabéis, el Joputa, estaba de espaldas y no nos vio entrar y estaba tratando de sacudirle con el cinto al perro, pero no le acertaba ni una porque aquel bicho tenía más esquive de cintura que el boxeador ese, el Casio Clai, y el Ramón,que estaba detrás del Jopu con la rama de viña en la mano y sin saber qué hacer, y cuando pensaba decirle al Benicio, o le dijo, no lo tengo claro, cuando dijo o pensaba decirle “Eh, Joputa, no le pegue al perro” resulta que el perro es el que lo ve primero, y menudo bicho traidor, en vez de darle las gracias al Ramón que era su salvador, pasó como un rayo entre las piernas del Jopu y lo agarró al Ramón por una pierna y comenzó a sacudirlo y el Ramón que le empieza a dar al perro en el lomo con la vara de viña y el bicho que chilla pero no lo suelta porque de aguante, ese bicho también es como el Casio Clai y como buen perro que es, lo tiene al Ramón mordido y chillando, que no era para menos, digo, y comienzan a girar como una peonza, el Ramón girando como si bailara un vals y el perro agarrado a su pata como garrapata y por momentos con las cuatro patas en el aire, y en una de las vueltas de ese ballet el Joputa lo agarró por detrás al Ramón, lo trincó por el cuello y comenzó ahogarlo y ahora van los tres girando como un tiovivo, y como el Jopu además era un poco chatarrero, no va el idiota y me deja a mano un tubo como de metro y medio, de esos de hierro oxidado que ahora en la chatarrería te los pagan a siete el kilo y el Ramón que me mira con la cara roja y van los tres dando vueltas como mi padre cuando bailaba en el casamiento de su hermano que bailaron muchos valses pero al fin mi tío se separó de esa tía y se pelearon que casi se matan, y se discutieron por las pertenencias y ella vino con su hermano que había sido boxeador de peso medio y se llevaron por la cara la máquina de coser Singer que estaba como nueva y cuando los tres pasaban otra vez, el perro agarrado a la pierna del Ramón y el Joputa de su cuello no sé cómo me sale la cosa de hacer lo que hice, pero lo hice: le sacudí al Joputa con el tubo de hierro, que en la punta tenía una rosca y un poco de pintura blanca, le sacudí tal garrotazo, o tubazo, que cayó al suelo de tierra y levantó una nubecita de polvo y el perro, desagradecido, cuando lo vio caer al viejo salió corriendo como una exhalación, que en ponerse a salvo también es un artista el cabroncete, y ya no se supo nada de él. Y el Ramón se ha sentado en un cajón y está mirandose la pierna y tiene cuatro agujeros pero sangra poco y dice, o parece decir, porque está tan agotado que en vez de hablar parece que estornuda. Dice

Co-omo ese chu-chucho de mierda no esté rabioso,,,

Y no sabemos por qué, o por lo que dijo o porque el Benicio tiene el sombrero hundido en la cabeza casi hasta la boca, porque el tubo de hierro le ha hecho una zanja y se lo ha enterrado hasta la nariz, o por los nervios, pero nos ponemos a reír que nos revolcamos de la risa que hasta me meé un poco el pantalón. Eso antes de revisarle todo el cotarro al Joputa y repartirnos un rollo de billetes que tenía escondido en un hueco de un poste.

Digo: ―No nos llevemos nada que si no, nos trincan.

Dice: ―¿Ni la radio?

Digo: ―Ni la radio Ramo (a veces le digo Ramo).

Pero igual le revisa los bolsillos al viejo Joputa-cabeza-hundida y encuentra unas monedas y un condón Velo Rosado que le roba, y también le roba la navaja que llevaba en la cinta del sombrero.

Digo: ―Por la navaja de los cojones nos van a trincar.

Dice: ―¡Que no! ¡Que no!

Y mira la cabeza del viejo y dice:

Parece una sandía sin un gajo.

Y nos volvemos a reír como locos. Eso antes de descubrir que el Joputa tiene en una alacena como una docena de huevos, dos morcillas y una botella de anís del Mono que nos comemos y bebemos antes de irnos.

Pasaron dos días, y al segundo le digo al Ramón:

Digo: ―Tenemos que ir esta noche y sacar al caballo y soltarlo.

Dice: ―¿Al Moro?

Digo: ―¿Cuál si no?

Y luego de unos segundos de profunda meditación, termino el cigarro y

Digo: ―Necesita agua y forraje. Hay que soltarlo.

Así que a la noche siguiente soltamos al Moro. Entramos iluminándonos con dos velas, le pusimos una brida y nos lo llevamos despacio hasta un campo cercano y allí te quedes, le decimos. Pero antes que eso, hemos mirado un poco el panorama moviendo la vela. El Jopu no se ha movido de su posición, sigue medio apoyado en una viga, ni acostado ni sentado, el sombrero sigue hundido hasta la altura de la boca y está empapado de un líquido negro y huele que apesta, y cuando ya estamos a punto de salir el Ramón ve un brillo y me chilla susurrando:

Dice: ―Espera

Digo: ―¿Qué?

No me contesta nada y se aleja hacia detrás de la cuadra y oigo ruidos de metales, como si sacudiera clavos, y vuelve con algo en la mano. Una pinza larga, la que usaba el Jopu para herrar al caballo.

Digo: ―¿Y eso?

No contesta. Agarra el tubo con el que le sacudí al Jopu en toda la cabeza. Lo agarra con la boina (esa noche el Ramo usaba boina, no os lo dije) Me muestra el tubo agarrado con la boina y dice:

Dice: ―Por si las huellas digitales.

El Ramo piensa hacerse policía y de esas cosas, sabe…

Y le mete el tubo por la boca al Jopu que ahora si termina de caerse de lado. Lo pone de espaldas y para abrirle la boca le mete el tubo entre los dientes, pero se pasa de fuerza y el tubo le arranca la mandíbula inferior, que se le desprende con un ruido como de mermelada, y entonces el Ramón le mete la pinza en la mandíbula de arriba y empieza a tironear y parece que el Joputa dijera “sí, sí,sí” y nos reímos un poco.

El Ramón dice: ―¡Dice que sí! ¡Dice que sí!

Y le hace decir que sí tironeándole de arriba abajo y luego el Ramón le hace decir que no. Luego le apoya un pie por donde estaría la frente y tira hasta que le arranca unos dientes enchapados en oro. El Ramón los golpea un poco contra un poste, pero nada, si quiere el oro se tiene que llevar un pedazo de hueso sanguinolento, unas muelas podridas y el pedazo de la raíz de un diente que pendonea y es de un color blanco viscoso. Y luego mostrándome los dientes del Joputa que lleva en el extremo de la pinza y que gotean un líquido oscuro, busca recogerlos con algo y pregunta:

Dice: ―Dame tu pañuelo.

Digo: ―Tu puta madre ―(es mi manera de decir que no cuando es no para siempre).

Dice: ―Tú mismo, te iba a hacer socio.

Y al fin recoge una caja vacía de los cigarros apestosos del Joputa, mete allí los dientes y lo que llevan enganchados y ahora sí nos vamos, y el Moro, tan manso que parece, pero qué ruido hace el desgraciado con los cascos herrados. Es de noche y se lo oye como si en las cuatro patas llevara un altavoz.

Digo: ―Teníamos que haberle vendado los cascos con arpillera y trapos, así es como los cascos no hacen ruido (lo había visto hacer en una de indios con el Chon Baine).

Dice: ―Lo mejor es que no nos vean juntos por un tiempo.

Digo: ―Tú mismo.

Dijeron que al Benicio lo mató el Moro de una patada. Pero no había pruebas y nadie iba a culpar oficialmente al caballo del Romero, que dicen que es medio gitano y que si lo coges torcido te tira donde los cerdos. Y además, al Joputa todo el mundo lo consideraba un joputa y su chabola siempre apestaba, o sea. Fin de la historia.

Y ahora el Ramón pasa con su bicicleta (que ya sabemos de donde sacó el dinero para comprarla, que debe ser la primera vez que en vez de robar algo lo compra) y me hace un guiño de pícaro y un gestito de “cállate la boca chaval” y se va pedaleando al estilo Miguel Induráin, el muy idiota.

Se habrá llevado los dientes de oro, pero el gusto que me di yo de sacudirle al viejo con el tubo de hierro y clavarle el sombrero hasta la mitad de la cabeza, eso no me lo quita nadie y él lo sabe.

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