45 AÑOS EN LA VIDA DE JUAN DIONISIO

pexels-darius-krause-2253934


Si es cierto que los únicos paraísos son lo que
hemos perdido, sé qué nombre darle a este
algo tierno e inhumano que llevo hoy dentro.
Albert CamusEl revés y el derecho.

La cuadrilla de los indios que dirigía Patel llegó a la planta de Poliestirenka una mañana de mayo. No había nadie para esperarlos, solo el portero, y ellos entraron y se acomodaron con la misma confianza que si hubieran nacido allí. La fábrica había cerrado y ellos venían enviados por alguna empresa extranjera para desmontar todo lo que fuera útil y de acero inoxidable.

Cortaban y desmontaban partes de la planta química y todo se cargaba luego en unos camiones enormes y anónimos que partían hacia una chatarrería de algún lugar del mundo.

Silenciosos y morenos, trepados a los tanques o a los tubos que serpenteaban por todo el patio y con sus cascos de color amarillo, eran lo más parecido a una colonia de hormigas devorando una naranja muerta.

Salían de sus casetas por la mañana, desperezándose y apenas hablando, tomban su desayuno en silencio, sentados al sol sobre cualquier tubería y luego se dispersaban, cada uno caminando sin prisa hacia un lugar en las instalaciones que solo ellos conocían: el lugar donde el día anterior habían dado el último bocado al acero.

Del personal de la Poliestirenka, que durante casi 60 años había sido la empresa más importante de la zona, solo quedaban trabajando tres porteros uniformados que no tenían más faena que la de subir y bajar la barrera para que entraran o salieran los camiones; eso y hacer su café o calentar su tortilla en un hornillo. Tres porteros a ocho horas cada uno multiplicaban la totalidad de un día.

Los indios, unos 30, vivían en unas casetas plateadas colocadas en el patio y en fila india (lamento la redundancia, pero si mi memoria las hubiera puesto en círculo habrían parecido una caravana de colonos del oeste americano defendiéndose de los otros indios). Sigo: en fila india, y por cuyos ventanucos enrejados, los fines de semana brotaban de sus radios unas canciones empapadas de añoranza, melodías llenas de nostalgia y de susurros, esas voces ondulantes de las que solo son capaces las cantantes indias. Y era imposible oírlas y no soñar con el curso del Ganges, sus flores flotando lentamente hacia el mar y el humo de sus piras funerarias. Y sobre aquella música que contoneaba su cintura sobre cada nota, hacia el mediodía el aire se perfumaba de especias: curry, masala, alholva, cardamomo , menta, berenjena y nostalgia… también nostalgia, y de la peor de todas: la del hogar lejano.

Siempre recordaré mi admiración, o mi sorpresa o mi ignorancia, al comprobar que un mínimo grupo humano, con su modo de caminar por el mundo, sus olores, sus colores y el eco de las voces de su idioma, fuera capaz de montar en unos días y en un país cualquiera un trozo de su propia tierra, tanto que casi no costaba soñar con ella, y sentir la seguridad de que estaba allá donde estaba, y que existía… y que esperaba.

Esta breve experiencia con Patel y sus compañeros, con la manera natural y pacífica en que vivían, cambió mi manera ver las cosas y apagó en mí cualquier rastro de esa estupidez que llamamos nacionalismo; porque aquellos operarios que parecían desarraigados, viviendo en ese mundo particular y hermético en el que se movían, montaban su país allí donde fuera que fueran. Los afectos o rechazos de los humanos por unas u otras razas son rencorosos secretos que nunca entenderé.

Mi simpatía por aquel grupo de indios fue inmediata. Yo los visitaba por motivos comerciales y en el fondo de mí mismo sentía un poco de envidia de no ser uno de ellos, no ser un trotamundos despellejador de fábricas obsoletas. Cuando conocí a Patel, el jefe, y me preguntó en su fluido inglés de qué nacionalidad era yo, no sé por qué tuve un largo lapso de duda que lo hizo soltar una carcajada.

Dijo: ―¿No sabes lo que eres?

Dije: —Sí y no (y esta respuesta le hizo soltar otra carcajada aun más sonora y más adornada de dientes blancos).

Dije: —Por nacimiento soy argentino, de un padre italiano y sobre todo, de un abuelo muy italiano y muy calabrés. Mi madre era argentina pero hija de rusos. Abuela de Moscú y abuelo de algún lugar de Rusia. En la adolescencia tuve una especie de segunda familia que era judía, y yo pasaba por ser uno de ellos, me gustaba ser uno de ellos… Ahora soy español, por nacionalidad y por afecto y por pasaporte, pero también soy catalán, no puedo evitar el querer ser catalán…

Dijo: —¿Eres todo eso?

Dije: —Sí.

Dijo: —Yo soy indio desde la prehistoria.

Dije: —¡Qué aburrido! … (y agregué)… es broma…

Dijo: —Ya lo sé. ¿Pero tú que te sientes?

Dije: —¿Cuándo?

Dijo: —¿Cómo cuándo? ¡Ahora!

Dije: —¿Ahora? —dudé— Ahora mismo me siento indio.

Sonrió complacido, se fue andando con aquella manera felina que tenía, y desde el fondo del almacén donde entró a guardar los electrodos que yo le había traído, me gritó con eco.

Maldito judío italiano… ­—y soltó otra carcajada.

Me asombró aun más su carácter alegre cuando me contó que en Bombay tenía mujer y un hijo de tres años y que aquella cuadrilla hacía casi dos años que trotaba por el mundo haciendo las mismas autopsias sobre cadáveres industriales, y que la mayoría de ellos no había vuelto a su país desde entonces. Él había estado en su casa en navidades.

Dijo: —Si Dios quiere, volveremos a la India cuando terminemos esta obra.

Dije: —¿Tanto tiempo?

Dijo: —No creas, no estaremos mucho tiempo, solo extraemos determinadas partes, piezas de valor, bombas, centrifugadoras, y lo demás lo dejamos.

Yo les había vendido un par de máquinas de cortar metales por plasma, y los visitaba seguido para proveerles consumibles de repuesto, y así terminé tomando café con los porteros y con ellos, recordando los tiempos felices de la Poliestirenka, cuando parecía que la empresa daría trabajo para siempre.

Y una mañana, desde la cabina del portero, vi a un hombre bajo y silencioso junto a la alambrada que prolongaba la puerta, y de pronto me di cuenta de que todas la veces que yo había ido a hacer mi visita, aquel personaje había estado en el mismo lugar, mirando hacia el interior de la planta e inmóvil.

El portero de esa mañana, un asturiano llamado Manuel Rubio, notó mi curiosidad y desde su escritorio me dijo:

Dijo: —Juan Dionisio.

Dije: —¿Quién?

Dijo: —Ese hombre detrás de la alambrada. Se llama Juan Dionisio.

Dije: —¿Que hace allí, todos los días?

Tardó un poco en contestar y murmuró:

Recuerda….

Me senté frente a Rubio. Él terminó de escribir una planilla, levantó la cabeza y con una sonrisa trist respondió:

Viene todos los días. Antes de las ocho, como cuando trabajaba aquí. Se queda más o menos una hora y luego se va por donde ha venido. A su casa, supongo. Y así cada día desde hace un año. Desde que cerramos. Llueva o haga sol. Yo ya casi no lo veo… Bueno, no lo quiero ver….

Digo: —¿No es normal?

Dice: —Sí que lo es, y es buena persona, pero me pone malo. Como dice mi hija, que me dice “Papá, el Dioni te parte el corazón”. Eso me dice: Te parte el corazón. No sé si es para tanto… o quizás sí… pero es cierto que hablar con él me pone de mal cuerpo. —Sacó el café de hornillo, me sirvió una ración en un jarro de aluminio que al rozar quemaba, me alcanzó el azúcar que guardaba en un bote que en tiempos había sido de mermelada y agregó: —A veces salgo y lo saludo porque me da pena, sobre todo cuando hace frío, porque aquí no hay dónde protegerse y a la cabina no lo puedo dejar entrar si no está autorizado, y le digo: Juan, ¿qué haces por aquí, en vez de estar con la parienta? Y siempre me contesta igual, me dice “Es que son 45 años…” Y claro, no sé qué decirle. Entró a trabajar aquí apenas terminó la mili, con veinte años, trabajó en la Poliestirenka 45 años… toda una vida. En mantenimiento, en la misma sala donde tú te reúnes con el indio para entregarle los pedidos y que te firme el albarán. Es duro. Hasta que no lo vives no puedes saberlo.

Y cuando volví a mirar hacia la alambrada, la silueta de Juan Dionisio ya no estaba allí. Caminaba en la distancia, con la espalda gris un poco cargada, como si llevara un peso. Se alejaba por el sendero que lleva a la ciudad.

Volví unos días después y como aquella historia de los 45 años me había tocado por algún rincón de la curiosidad, cambié mi estrategia de visitas. Dejaba el pedido o el folleto en manos de Patel y le preguntaba si podía quedarme unos minutos en esa oficina, ordenando papeles o apuntado pedidos. Había varios escritorios vacíos. Me dijo que sí y se despidió porque a esa hora hacía su recorrido para controlar el trabajo de sus “carcomas”. Solo en aquel lugar, por un sentimiento que aún ahora no soy capaz de explicar, comencé a buscar el rastro vital de Juan Dionisio.

En un rincón de aquella sala aún zumbaba una nevera, tenía la puerta llena de pegatinas y recomendaciones, y enfrente, dentro de un armario con estantes forrados con un hule desteñido, un hornillo eléctrico, un bote de café instantáneo a medio usar y unos enseres empobrecidos por los años y el uso. Tazas, vasos, algunos platos… y una bayeta que colgada de su clavo se había endurecido por el desuso. Había un cartel escrito con letra dudosa que recomendaba no olvidarse de apagar el hornillo. Una cuchara de peltre y un cuchillo largo hecho con el trozo de una hoja de sierra y con mango de cinta aislante. Y por encima de todas esas formas, ese olor cruel que empapa los objetos cotidianos cuando la soledad, el tiempo y el olvido les pasan sin piedad por encima.

Me faltaba más. Aquellos objetos eran de uso común, habían sido de todos los que allí trabajaban, pero me faltaban las huellas personales de aquel desconocido que buscaba sus 45 años de vida laboral desde el otro lado de la verja.

Busqué las taquillas: las encontré en un pasillo vecino. Unas cajas verticales de chapa pintadas de gris que en su mayoría aún conservaban un letrero con el nombre del que fuera su propietario. Estaban abiertas o cerradas sin seguro. Menos una: la que tenía una pegatina en la que se leía “DIONI” estaba cerrada con un candado. Intenté abrirlo con el alambre de un clip de papel, pero eso es algo que solo se puede hacer fácilmente en las películas o en las series de televisión. En las taquillas que estaban abiertas había basura. Unas botas de seguridad muy usadas, cubos de plástico, ropa de trabajo descolorida por el tiempo o teñida por pinturas o grasas, algunos guantes de cuero resecos y fotos de equipos de fútbol, y sobre todo, láminas de calendarios con mujeres desnudas que lucían unos pechos suculentos.

No pude hacer nada más ese día. Patel volvió y se asombró un poco de verme todavía por allí. La cuadrilla de los indios volvía lentamente a pasar su media hora de descanso comiendo alguna cosa.

Prometí a Patel mostrarle un nuevo modelo de máquina de corte por plasma, y aunque me aseguró que de momento no necesitaban otra lo convencí de que la viera solo para que la tuviera en cuenta. Asintió con la paciencia de siempre. (Reconozco que su manera impasible de aceptar las cosas a veces me ponía de los nervios. Era como si siempre fuera por delante del tiempo en que vivía. Solo tenía 30 años, pero era… ¿cómo lo diré?… ¡parecía incombustible!)

Era viernes, y no pude evitar pasar el fin de semana con la idea fija de aquella taquilla cerrada. Y lo que me más me perturbaba era que no entendía por qué tenía aquella inquietud cuando seguramente no encontraría nada que no fuera tan inútil y desechable como lo que contenían las demás.

Aquel lunes conecté el equipo de cortar que incorporaba en su interior su compresor, y luego de mostrárselo a Patel me quedé para volver a guardarlo en su caja. Enrollé los cables lentamente, perdiendo el tiempo en detalles para esperar a estar solo, y cuando todos se fueron lo conecté en una toma del pasillo y corté en segundos el brazo curvo del candado. No fui capaz de seguir. Dejé el candado en su lugar contando con que el fino corte no se notara. Salí al patio con la máquina y me dirigí hacia mi coche. Mientras la acomodaba en el maletero vi a Juan Dionisio tras la alambrada. Me miraba y sentí una sensación como la que deben sentir los pequeños rateros que son descubiertos con las manos en la masa. Pero cuando me volví, quizás con la intención de saludarlo, ya se alejaba por el sendero de regreso.

Volví a la sala. Abrí su taquilla con los nervios y el temor de un ladrón novato.

Su mono azul de trabajo estaba colgado de una percha, y aunque gastado por el uso, estaba limpio, casi planchado. Sus botas de seguridad, puestas en orden y limpias, aún podían ser utilizadas. Su casco de seguridad casi nuevo, con su nombre en la frente. Y en el interior de la puerta, la foto con un grupo de compañeros, en algún festejo, tal vez de alguna navidad, copas rebosantes y rostros risueños haciendo los payasos frente a la cámara. Las gafas antichispas estaban en su gancho, y en el mismo gancho el silbato rojo de plástico de la protesta, y sobre el fondo del armario, la vara de madera con el cartel, un letrero hecho con rotulador, tal vez la noche anterior, aquella en la que seguramente no habría podido dormir ni un momento… En el rectángulo de cartulina se leía: “NO AL CIERRE DE POLIESTIRENKA” (las últimas letras empequeñecidas por el arrebato y la falta de espacio… y por la desesperación). Y todo estaba en orden, como si pensara volver a trabajar ese mismo día.

Es que eran 45 años. Allí conoció a su compañera con la que se casó, allí trabajaba ya su hija. Y en navidades, salían en bandada a festejar la vida, y los lunes, todos los lunes durante 45 años, había que discutir, burlar o festejar según si el equipo de fútbol de unos o de otros hubiera ganado o perdido…

Me llevé su cuchillo: una navaja corta con mango de asta. Y me llevé también el silbato de la protesta con su cinta descolorida. No sé por qué lo hice. La sencillez de un dolor tan largo por haber perdido una vida tan simple me tenía abrumado. Pensé, me dije: se los entregaré, le diré que la taquilla estaba abierta y que me daba pena que perdiera aquellos objetos. (La fotografía que estaba pegada a la puerta la dejé en su lugar. Tocarla me habría dado esa sensación culpable que se siente al abrir una correspondencia ajena. Era como tocar su vida.) Y me fui.

Los indios desaparecieron sin despedirse. Una mañana estuve a visitarlos y el portero me dijo que se habían ido hacía ya una semana. Un estudio de abogados nos pagó en su vencimiento las facturas que nos debían. Volví a mi coche apretando en el bolsillo la navaja de Juan Dionisio. Él no estaba allí esa mañana. Se la daré otro día, me mentí a mí mismo. El silbato de la protesta lo tiré en un contenedor de la calle, pensé que no era un buen recuerdo para aquel hombre porque rememoraba la inútil batalla de los que luchan y pierden. Y la navaja… la navaja estuvo perdida durante años en mi cajón de las herramientas, y hace una semana, buscando un tornillo (ese que tiene justo la medida que necesitamos y que no aparece) volví a encontrarla. La tomé por su rugoso mango de asta, abrí su hoja, volví a cerrarla, y me dije… algún día lo voy a escribir: diré que he conocido a un hombre cuyo paraíso perdido era un puesto de trabajo, la pequeña historia de alguien a quien le habían robado 45 años de una vida sencilla, y que por culpa de esa pérdida, se sentía desnudo.

3 comentarios sobre “45 AÑOS EN LA VIDA DE JUAN DIONISIO

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: