Los rayos interestelares y la explicación de Rembrandt

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Tomás Gorka podría haber seguido con su vida sencilla de albañil, pintor y remendador de casas si Don Antonio Blanco no lo hubiera llamado para hacer un trabajo en el patio interior de su mansión. Es lo que románticamente llaman “el destino” y que en realidad es la simple casualidad con la que nos tiende sus trampas la vida.

Porque Tomás Gorka era de esa clase de personas sencillas pero naturalmente curiosas, que van husmeando por la vida porque saben que hay algo más que lo poco que saben, y saben que es poco porque la vida no les ha dado la oportunidad de saber más.

Horacio Blanco es el hijo único de don Antonio. Es médico, pero no ejerce: entre “jugar golf” y hacer vida social se le va todo el tiempo.

Y Tomas Gorka allí en el patio, haciendo remiendos en la pared frente a su estudio, le molesta.

Porque Tomás lo conoce desde pequeño, y él supone que si lo saluda lo seguiría llamando “Horacito”, como cuando eran niños. Y porque piensa que, como todos los del pueblo, seguro que lo considera un rico ocioso. Y le molesta que lo digan porque sabe que lo es. Pero se equivoca: Tomás sabe que ahora Horacito es Horacio, y que aquel con el que jugaba cuando niños, ahora es médico.

Aquella historia lejana en la que jugaban juntos, uno tan pobre y otro tan rico, era posible porque la madre de Horacio lo invitaba a venir a su casa. Tomás iba a llevarles los pedidos del almacén donde ayudaba un poco, y la señora Elisa lo citaba a venir por la tarde para jugar con su hijo, porque este tenía prohibido salir a jugar en la calle como los demás chavales del barrio. Así fue como Tomás tuvo algunos juguetes y hasta una bicicleta, todo de segunda mano, los que dejaba Horacio y que él recibía con alegría.

Ahora la madre de Horacio ya no vive, y después de tantos años, don Antonio Blanco lo ha llamado para que repare unas humedades.

La casa tiene un patio interior rectangular rodeado de un saledizo de cristales que avanzan hacia el centro, pero dejando una gran abertura por la que los pájaros entran para beber y bañarse en una fuente que lagrimea un chorrillo de agua en medio de un suelo embaldosado de blanco y negro y rojo.

Fijados en las paredes aún están aquellos grandes radiadores de la calefacción, altos y de hierro fundido, que en su infancia de pobre le parecían una absoluta maravilla. Recuerda como, en invierno, mientras esperaba a que le devolvieran la canasta con la que había llevado el pedido, apoyaba las manos sobre los tubos de color tiza, y tiene la sensación de que si ahora, aun siendo verano, volviera a tocarlos, sentiría aquel inolvidable calor.

Desde su escalera ve al Doctor Horacio leyendo en su estudio, y a veces siente deseos de saludarlo, pero es mejor que no. Mejor que no después de tantos años.

Necesita otro cubo para su faena y la criada le dice que lo busque en el almacén del fondo, y se preocupa en señalarle el lugar, pero él no la escucha porque conoce el camino de memoria. Es el almacén donde guardaban las herramientas, los juguetes y la bicicleta con la que corrían entre los naranjos del inmenso jardín. El galpón donde Horacio y él habían fumado y tosido a medias un primer cigarrillo que habían robado a don Antonio. El almacén donde se habían mostrado el pene para ver quién de los dos lo tenía más largo, y que por ser él el agraciado con la mayor medida Horacio había estado ofendido toda una semana sin querer verlo.

Recorre el almacén y ve en las paredes objetos de la infancia. Pero no se emociona. Tomás Gorka es una persona simple, conviene no olvidarlo si nos interesa conocer toda esta historia.

Junto al cubo que buscaba hay un álbum de discos de aquellos de pasta, de 78 RPM cubierto de tierra y algunos viejos libros de esos llamados de “difusión”. Abre el primero que ve, por simple curiosidad, y en ese momento, con su sombrero de paja y su bastón, don Antonio Blanco, de inspección por la zona, se para ante la puerta y le dice con afecto:

Así te quería pillar “Tomasico” ahora recuerda que siempre lo llamaba así, con las manos en la masa.

Tomás le devuelve el saludo con embarazo. Es que no habían hablado durante años. El trabajo de pintura lo había tratado con Octavio, el jardinero, que era vecino y se ocupaba de todo lo concerniente a esa casa. Balbucea.

Hola, don Antonio. Solo buscaba este cubo.

Nada, hijo. De lo que hay aquí, te puedes llevar lo que quieras. Le dices a Octavio lo que es, y si no se usa le dices que yo te lo doy.

¿También este libro, don Antonio? lo pregunta por decir algo: el libro… los libros, no le interesan.

¡Hombre!, ese libro… Te diré una cosa, Tomasico: en el mundo hay dos clases de tontos: los que prestan libros y los que los devuelven….Dime cuál es y te digo si te va a interesar.

Se apresura a leer el lomo del libro, una piel rojiza y despellejada por el polvo y el tiempo; le cuesta deletrear:

La vida de los… grandes genios.

Bueno… es entretenido. ¿Qué más hay por allí?

Se acerca, huele a colonia, a la misma colonia de siempre, toquetea los objetos con la punta del bastón y dice, pregunta:

¿Tienes tocadiscos?

Uno que me regaló su esposa, Doña Elisa.

¡Ostras, chaval, tú sí que cuidas las cosas… pero si ese trasto te lo habrá regalado hace quince años o más…

Pero funciona.

Ya veo. Bueno, llévate esos discos, si te interesan.

Don Antonio, los escucho y si no me interesan, se los devuelvo.

Ni hablar, si no te gustan los tiras a la basura, pero me parece que te van a gustar…

Si son de jazz o boleros, seguro que me si.

Bueno…son algo más complicados… o quizás no, tú verás. Y antes de irte que Octavio te corte unas naranjas.

Se agradece.

Ya lo sé. Por eso te las ofrezco. Mi Elisa siempre te recordaba.

Que en paz descanse.

Sí, hijo, que en paz descanse, ya lo dices bien.

No tenía ningún interés especial por aquel libro, no leía uno desde que había dejado la escuela, antes de terminar el tercer curso, porque le salía más a cuenta ayudar en el almacén. Ni tampoco le interesaban especialmente aquellos discos, pero Tomás era un poco chatarrero. Juntaba todo lo que se podía usar o vender o simplemente guardar por guardar.

Pero el destino, o la suerte o casi con más seguridad el azar, estaba esperando a Tomás para que la historia de su vida fuera el motivo de esta historia.

Volvió a la modesta casa de sus padres con las naranjas, el cubo que no había devuelto, algunas cosas que encontró por allí, los discos que no pensaba oír y el libro que no pensaba leer, y unos días más tarde, mientras pintaba la habitación de una vecina a la que no podía dejar de mirar cada vez que pasaba por allí con sus curvas de Gioconda, se cayó de la escalera y se rompió una pierna.

En un mes y medio escayolado tuvo tiempo para darse cuenta que al igual que el andar en bicicleta, cuando aprendes a leer ya no se te olvida. Quiero decir, leer-leer, que es muy distinto que leer lo que lees todos los días: los letreros para no entrar equivocadamente en el lavabo de las damas, el horóscopo o los resultados del fútbol.

Si Tomás hubiera comenzado aquel libro por el principio y hubiera chocado con los ripiosos genios griegos, tal vez no habría seguido adelante, pero como el volumen tenía ilustraciones y como en principio no pensaba pasar de allí, de mirar los grabados y leer lo que decía al pie de cada uno, fue avanzando en la cronología, y de ilustración en ilustración llegó a Roma, porque como sabéis, todos los caminos conducen a Roma.

Y en Roma conoció al ángel.

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El ángel:

Flota ingrávido en el aire, está hecho de una materia suave e impalpable, de un producto a medio camino entre la carne humana y el milagro. El fabuloso manto blanco que lo sostiene es infinito y cuelga del espacio. Al hablar con el anciano que lo escucha con serio asombro, le anuncia sus secretos, y mientras habla quedamente se toca el pulgar de una mano con el índice de la otra porque también le enumera obligaciones. En contraste, Mateo es un viejo áspero, humano, carnal, calloso y pobre. Escucha al ángel apoyado en un banco y escribe una lista de los deberes que lo esperan si quiere ser… y ambos están vivos, tibios, palpables… y es necesario, absolutamente necesario, observarlos en silencio… sin respirar… para que nada interrumpa ese diálogo intemporal entre un ángel hecho de piel celestial y ese anciano tosco y rocoso, carcomido sin piedad por los años. Silencio: para que nada despierte al tiempo, que en ese espacio donde ambos se miran a los ojos, está milagrosamente detenido.

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Al principio, Tomás no podía entender cómo habían hecho ese “retrato”, cómo había logrado el fotógrafo colgar una sábana de alguna viga del techo y atar en el aire al hermoso muchacho que hacía de ángel, cómo había conseguido darle esa levedad de gaviota-contra-el-viento. Como podía hacerlo flotar de esa manera ingrávida. Hasta que leyó algo más. Al pie de la ilustración, leyó que aquello no era fotografía, que era una pintura. Las palabras decían que esa imagen fabulosa la había pintado un hombre, un pintor, con sus manos, con su pincel y sus pinturas- Que un ser humano: alguien llamado Michelangelo Merissi, “El Caravaggio”, lo había hecho allá por aquellos años en los que, para colmo, cada pintor fabricaba a mano sus pinceles, sus colores y sus sueños.

Fue el azar o la mala suerte o la buena suerte. Fue, sencillamente: la casualidad, esa mala harpía que es aliada del destino. Porque de todo un libro de genios, “Tomás-Escayolado” lo primero que lee con su intelecto modesto pero fértil y sobre todo virgen, es la historia del más grande pintor de todos los tiempos, ilustrada con uno de los más fabulosos cuadros pintados en toda la historia de la humanidad: “San Mateo y el ángel”.

Si no hubiera sido un hombre sencillo, al recibir tal impacto en una inteligencia como la suya, casi sin estrenar, le habría estallado el cerebro, habría caído en las garras de la locura, o se habría hecho testigo de Jehová.

Su anciana madre, justamente preocupada porque su hijo leyera un libro como si fuera un señorito (en vez de estar preocupado por el estropicio que le había hecho a la vecina, cuando al caer de la escalera había salpicado con pintura la cama matrimonial, la mesilla de noche, el cuadro de la virgen y la foto de casados, como así también todo lo demás, y para colmo, con aquella pintura color melocotón de viña que la guapa clienta había elegido). Su anciana madre, preocupada decíamos le puso junto a la cama el tocadiscos y sus discos preferidos: Glenn Miller, Jorge Negrete y el trío Los Panchos. La buena mujer lo hizo con la esperanza que él se durmiera y ella tuviera así la oportunidad de escamotearle aquel libro.

Pero otra vez el destino o lo que fuera, se interpuso: la anciana no sabía que Tomás había guardado debajo de la cama (no para esconderlos, sino porque no sabía dónde ponerlos hasta decidir si intentaba venderlos o si los tiraba a la chatarra) aquel álbum de música “rara” que le había regalado don Antonio.

Durante el “mes y medio del yeso” leyó en aquel libro de relatos sencillos y sembrados de tópicos, las vidas de Leonardo da Vinci, Michelangelo, Rafael, Caravaggio, Rembrandt, Tiziano y también la de muchos músicos de apellidos difíciles de aprender a la primera. Alucinado, le parecía fabuloso que él fuera capaz de leer libros, e ignoraba (lo había ignorado hasta entonces y luego también) que era poseedor de una extraordinaria sensibilidad.

El destino se ensañó con Tomas Escayolado hasta la saciedad. No exagero. ( O quizás, sí.) Por ejemplo : escuchó sin oír demasiado aquella música rara y uno de esos discos, el Adagio del concierto para piano número 5 de Beethoven, tocado por un tal Rubinstein, le distrajo algo más. Cansado de cambiarlos una y otra vez en su antiguo aparato, que estaba en el suelo, y habiendo estado, por esta razón, a punto de caerse de la cama más de una vez, dejó la patilla del plato alzada y entonces aquella melodía se repetía sola, una y otra vez, galopando siseante a 78 erre-pe-emes, mientras él no le prestaba demasiada atención, entretenido como estaba en las historias de tíos gamberros como Michelangelo, Rembrandt, Vivaldi o el mismo Caravaggio, que ¡menuda pieza había sido aquel sujeto!

Y soñó con aquella melodía, y a fuerza de oírla sin oírla una y otra vez, ahora ella “lo perseguía”. La música con sangre entra, y a esta la llevaba grabada en algún lugar de la memoria que no podía controlar. Volvió a Los Panchos y a Negrete, pero aquella musiquilla de piano le seguía dando vueltas por allí, en algún lugar del cerebro, dispuesta a encaramarse en cualquier momento en la memoria…el mal ya estaba hecho…

En cuanto a las pinturas que ilustraban aquellos libros, decidió concentrarse solo en unas pocas, pues la cantidad y la variedad de aquel arte lo desconcertaba. Solo “su ángel” y acaso algunas obras más….tal vez aquella anciana de Rembrandt que sumergía sus pies en el agua de un arroyo. No estaba mal. (Sobre todo el agua, que realmente parecía agua…)

Algo le decía que no era saludable querer zamparse de un bocado lo que no había degustado en toda su vida, pero también algo había cambiado para siempre en las circunvoluciones de su agitado cerebro. Comenzó a hacerse preguntas. ¿Por qué solo sabía pintar paredes y no era capaz de pintar cuadros fabulosos como los del libro? No creía que solo fuera por falta de estudios, tenía que haber algo más. Ni Caravaggio ni Rembrandt ni Miguel Ángel parecían haber sido grandes estudiosos, ni siquiera Vivaldi. Leonardo era su excepción, pero los otros… Ese tal Vivaldi por ejemplo, “disfrazado” de cura y corriendo tras las muchachas de sus coros, ¿era un intelectual? ¿Por qué un gamberro, un pendenciero que había matado con su espada un hombre en una riña callejera había sido capaz de pintar “su ángel”? (por no hablar de aquel otro cuadro en el que Dios era un haz de luz, una pintura que él había decidido, sin lograrlo del todo, apartar de su memoria) ¡Si el pintor aquel hasta había cometido el sacrilegio de pintar su espada asesina junto a una virgen! Tenía que haber algo más, algo que justificara por qué a personajes tan vulgares, sencillamente les había dado por “hacerse los artistas” y por qué, siendo tan simples y tan humildes como sería un albañil, habían sido tan geniales.

Algo lo deprimía, lo desanimaba. Es cierto que estaba en cama, escayolado como mínimo por un mes y medio o quizás dos, con todo el agobio que ello implicaba, pero lo que le pesaba en el ánimo era algo más. Algo más hondo que un hueso fracturado. No entendía por qué un maldito libro que había leído por casualidad lo hacía sentir menos feliz, como resentido consigo mismo… como si de pronto se sintiera más pequeño. Como si la vida lo hubiera estafado. Intentó, aunque sin éxito, darle la razón a su madre: Los libros, le decía ella, son para los que leen libros. Pero ahora sentía una especie de rencor hacia aquellos consejos, hacia aquella rutina familiar que lo había convertido en un modesto pintor de paredes en vez de haberlo proyectado al mundo como un pintor de ángeles ingrávidos.

Y por aquellos rodeos con los que nos justifica y nos protege nuestra mente, en vez de sentir admiración comenzó a elaborar una mezcla de resentimiento y de envidia, de mala baba, por aquellos artistas cuya existencia acababa de descubrir. Ellos eran de carne y hueso, sus biografías los delataban, eran terrenales, egoístas, envidiosos, siempre ladinos, y en muchos aspectos peores que él, como el tal Miguel Ángel, al que el libro le dedicaba tantas páginas, un individuo, avaro, huraño, resentido y agresivo, soberbio con sus colegas a los que despreciaba, e incluso irrespetuoso con los que le daban de vivir encargándole sus trabajos. Un escultor que se había hecho pintor solo para quitarle el trabajo a otros pintores, por ejemplo, las pinturas de aquel techo de una capilla del Vaticano. Aquellos genios no eran mejor que él… eran distintos. Tenían algo, tal vez esas neuronas de las que le había hablado Óscar, un enfermero que venía al bar del Políca a jugar al ajedrez, y al que Tomás admiraba, porque lo consideraba “casi un médico”. Una tarde en la que Tomás había hecho una buena jugada (torre cuatro dama y jaque) Óscar, el enfermero, le había dicho:

¡Toma,Tomás! Hoy funcionas con muchas neuronas.

Y esto le había quedado grabado. Lo de las neuronas, que eran algo que tenía que ver con ser más o menos listo.

Apenas pudo andar a la pata coja compró algunos tubos de pintura, unos pinceles y una cajetilla de hojalata con un rosario de medallitas de acuarela en una librería para colegiales. Recuperó de un contenedor algunas cajas de las que recortó rectángulos de cartón de fondo blanco y lo intentó, quiso pintar algo, pero todo fue inútil. No era capaz de hacer a su gusto ni un solo trazo. A solas con sus cartones mal manchados, casi lloró. Pero no lloró: en cambio se volvió taciturno, sentía que la vida le estaba robando algo.

Recordó que algunos años antes había hecho un trabajo de albañilería en la casa de Críspulo Campos, que era el artista pintor de su barrio. El hombre tenía hechas varias exposiciones de pinturas que había expuesto en el bar del Políca, en una esquina del Mercado Municipal y, en períodos vacacionales, en varios colegios de la zona. En tales ocasiones Críspulo Campos había expuesto retratos de payasos llorando, bailarinas diminutas danzando de puntillas a la luz de la luna, lagos nocturnos donde flotaban unos cisnes con aspecto de pollos refinados y crepúsculos incendiados por el sol por los que atravesaban unas barcas con las velas tiesas como si estuvieran almidonadas.

Su arte era indiscutible: de ello daba fe el hecho de que Críspulo lucía una tupida barba, unos cabellos muy largos y una boina ladeada, y por si alguien dudaba de su genio, fumaba en pipa.

Tomás decidió visitarlo y pedir consejo a este artista consagrado.

Críspulo Campos lo recibió algo receloso en su “estudio”: una chabola de cartón y hojalata, junto a un gallinero, en el fondo de la casa de su madre. Temeroso de tener competencia en la zona, Críspulo le explico que el pintar era algo que no se aprende, sino que se nace. Le aseguró con énfasis que “el arte sale de las entrañas del alma”. Y luego de encender su mejor pipa, le permitió tener el honor de ver algunos de sus nuevos cuadros, una colección que pensaba exponer en un club del barrio: una serie de cabezas de caballos con unas crestas de crines cayendo desde sus frentes como cataratas de colores, y con unos ojos tan notables que hacían el efecto de dos huevos debajo de una cama.

Tomás volvió a su cuarto caminando con más agobio, cojeando al sol y sin sentir que le brotara el arte desde las entrañas. Y en la soledad de su cuarto, descubrió que la soledad es algo más que estar solo.

Su carácter, ya de por si introvertido, como corresponde a todo buen albañil, se oscureció aun más. Aquel mismo enfermero ajedrecista, cuando le cambió el yeso de la pierna por un vendaje fuerte, queriendo animarlo, lo invitó a ir al cine. Aceptó de mala gana, y fue renqueando más de lo que su pierna le pedía hasta una pequeña sala cercana. Proyectaban “El día en que paralizaron la Tierra” y aquella película (ya sabéis, la de Klaatu-Barada-Niktó) fue el último condimento de la ensalada mental en la que estaba sumergido Tomás Gorka.

Esa noche de verano, es la oscuridad de su cuarto, en el silencio solo interrumpido por los cantos de sirena de los mosquitos, llegó a una inamovible conclusión: una fuerza extraterrestre, algún tipo de poder interestelar, había atravesado el espacio y había hecho blanco en el cerebro de algunos humanos, tal vez al poco tiempo de nacer, o tal vez en un momento de su vida, y aquel poder venido de otros mundos los había convertido en genios.

A medida que aquella extraña teoría fue haciendo nido en su cerebro, descubrió que con ella no solo explicaba y aclaraba todas sus dudas, sino que disculpaba su propia incompetencia. Releyendo aquel libro de “Las vidas…” encontró coincidencias que la apoyaban. Aquellos genios no lo eran al nacer, eran gente sencillas, sencillas pero predestinadas, elegidas por fuerzas superiores de otras galaxias, y hasta era probable que hubieran sido elegidos al azar. Esto significaba que ser tan grandes artistas no era un mérito tan personal, sino pura suerte. Personas normales que en algún momento de su vida habían recibido desde algún lugar del más allá, algo así como un shock de neuronas.

A medida que pensaba en esta teoría que disculpaba su ineptitud y rebajaba el mérito de los famosos, barajaba ejemplos: ¿Por qué Rembrandt, que en sus principios, si bien era un buen pintor, no pasaba de ser un artista bastante convencional, un retratista más de la burguesía holandesa como tantos otros en su época… por qué en un momento de su vida dio un giro total a su arte? Un giro tan radical y tan extraordinario que lo convierte en un miembro honorario del renacimiento…¡pero lo arruina! ¿Y por qué, si esto le provoca la incomprensión de sus conciudadanos, el olvido de sus protectores, prefiere terminar en la pobreza antes que abandonar esta nueva visión de su obra? ¡Tan luego Rembrandt! Un “bon vivant”, que compraba cuadros de pintores famosos sin discutir el precio, un buen bebedor y mejor gourmet, un sibarita, un ser ostentoso que habitaba una regia casa…. ¿y todo esto lo había perdido, lo había sacrificado por desarrollar un nuevo estilo, una nueva manera de pintar que si bien era genial, no sería valorada sino muchos años después de su muerte? ¿Qué influjo tan poderoso tenía que haber recibido en su cerebro (¿qué mensaje interestelar?) qué fuerza tan imposible de resistir que al convertirlo en un genio de la iluminación y el color lo condenaba a la soledad, al rechazo social, a la pobreza y finalmente a la miseria ? Rechazado por su iglesia, pues vive en concubinato para no perder la pobre pensión heredada de su esposa muerta, termina hundido en la tristeza y el olvido…

Aferrado a su soledad, Tomás se aferraba también al insomnio y ataba cabos. Ahora recordaba que en la última visita a Críspulo, este le había mostrado un libro de Taschen sobre Rembrandt y le había señalado que aquel genio holandés utilizaba varios focos de luz a su antojo, dijo: “recreaba la naturaleza su gusto, ponía sus propias leyes”, y luego de chupar su pipa con fruición llenando su estudio de humo, había sentenciado filosóficamente:

Aquel holandés hijo de puta, era inhumano, colega!

Críspulo lo había llamado “colega”, esto lo halagaba, pero también lo ponía en una situación complicada. Cualquier día querría ver algún trabajo de Tomás y él no tenía nada para mostrarle. Para colmo, ese día Críspulo lucia en el cuello un pañuelo rojo que lo asemejaba a Hemingway en San Fermínes, mientras que él, vigilado por la preocupación de su madre, seguía vistiendo con las modestia gris de siempre. Regresó a su casa ensimismado, y ya hundido de espaldas en su cama, una palabra de su “colega” llegó a su memoria y lo dejó sin aliento: El maestro Críspulo había dicho “inhumano”. Y tuvo una revelación: ¿Acaso un humano investido de poderes extraterrestres no es un poco inhumano?

Lamentó el haber tenido esta idea cuando ya estaba en su habitación, una idea que de haberla expuesto durante aquella visita, seguramente habría aumentado su prestigio a los ojos de Críspulo…

Y aún lo vio todo más claro cuando se preguntó: ¿Por qué Rembrandt había pintado esa larga serie de autorretratos año tras año, desde su juventud hasta su vejez, sino para reflejar en los ojos de “su modelo”, que era él mismo, que algo inesperado había cambiado en su visión del arte ? ¿Por qué, sino para reflejar (tal vez inconscientemente) que una fuerza interior casi “inhumana”, venida desde las entrañas del universo, lo poseía y lo dominaba?

Y si Críspulo hubiera aceptado esta premisa, él le habría expuesto el resto de su elucubración, la de los rayos portadores de genio, rayos interestelares que habían llegado a la tierra desde mundos más avanzados para que el planeta tierra avanzara hacia una cultura superior y no quedara retrasado con relación a aquellos otros mundos con los que, antes o después, los humanos deberían encontrarse.

Convencido de su teoría, comenzó a darle forma. Dedujo que los rayos interestelares eran de diferente potencia y calidad. El que había recibido Leonardo da Vinci, por ejemplo, pudo costarle la vida, era de tal intensidad que proyectó su intelecto a muchos siglos por delante. Aquellos seres de la galaxia seguramente se habrían asustado de esta sobrecarga. Leonardo debió haber sobrevivido a duras penas a aquel shock interestelar. Su cerebro quedó adelantado en el tiempo de una manera totalmente antinatural. Afortunadamente para él, sus contemporáneos no lo entendieron, y eso le salvó la vida, porque diseñar en el siglo XV la bicicleta, el helicóptero, el paracaídas, el parapente y el rodamiento de bolas, entre otras cosas, solo podía haberle acarreado una acusación de herejía y una condena a la hoguera. Preocupados con la exasperante experiencia de Leonardo, lanzado accidentalmente a cientos de años hacia el futuro, los benefactores de la galaxia comenzaron a enviar sus poderes concentrándolos en pocas disciplinas: Miguel Ángel, escultor, pintor, arquitecto, poeta, todo más o menos dentro de la misma rama. Y el mayor ejemplo era Caravaggio, un perdulario de taberna, un espadachín pendenciero, que pasaba una noche “por allí”, y recibió el don de la pintura en una escala jamás vista. Observado desde esta lógica deducción, el talento del Caravaggio tenía mucho de suerte.

Lo ve todo tan claro y tan lógico, que comienza a divulgar su teoría, dice:

Es la explicación del genio, la explicación de Rembrandt, de Leonardo, de todos… gente normal que ha tenido un toque estelar y sin ellos mismos saberlo, se han convertido en seres superiores.

En su barrio, donde a nadie interesaban estas especulaciones, sus vecinos comienzaron a pensar que aquella caída de la escalera no solo lo había dejado cojo, sino que además, el golpe lo ha dejado medio “tarumba”.

Seré breve: De noche, mientras el mundo duerme, Tomás pasea por el campo a la espera del rayo interestelar que lo convierta en genio. Ha cortado un trozo de la cámara de un neumático de automóvil y se lo pone rodeándole la cabeza, una banda de goma negra del ancho de su frente que le llega hasta las cejas, y allí sujetas, pasadas por debajo de la goma y a la altura de las orejas, lleva dos largas agujas de tejer de su madre, de las grises que están hechas de aluminio, porque ha leído en un Reader’s Digest muy sobado que había en la peluquería, que “el aluminio ( símbolo Al) es un potente conductor de la electricidad”. De esa guisa, a la luz de la luna y con aquellas dos antenas sobre la cabeza, camina de noche por el campo y parece un grillo erguido en dos patas.

Camina abriendo los brazos, como crucificado en el aire, y les murmura a los señores del espacio que está dispuesto a ser un elegido, y les promete que si lo eligen, si le envían el don del genio, nunca más revelará su teoría, y se disculpa por haberlo hecho ya, haberla difundido, pero les asegura que de todos modos, como ya sucedió con Leonardo, a él tampoco le han creído.

Y una noche de lluvia sus antenas captan por fin un rayo, pero no es el rayo interestelar de los genios, es un rayo de verdad.

Lo encontró al amanecer el Remigio, que es ferroviario y madruga. Ya no llovía y Tomás aún echaba algo de humo por los chamusques de la ropa. Buscan un médico. El hospital está algo alejado y mientras llega la ambulancia, a alguien se le ocurre llamar al doctor Horacio Blanco.

Horacio en principio se niega, solo tiene de médico el título que cuelga en una pared, pero obligado por su padre, madruga por primera vez en años y acude a ver a Tomás, trayéndo con él a un enfermero.

Lo han puesto sobre una mesa en la caseta de la cancha de futbol, que huele a sudor y al linimento muscular del Doctor Sloan. Tomás está negro como un carbón. Carbonizado, pero aún vivo. De las dos agujas de tejer de aluminio solo le quedan dos trozos cortos pegados donde antes tuvo las orejas y son imposibles de quitar, están fundidas con el hueso del cráneo. Por el camino, al Doctor Horacio le han contado más o menos la locura que sufría Tomas, pero no ha entendido nada.

Al llegar el doctor, Tomás giró sus ojos sin párpados y murmuró:

Horacito.

Y “Horacito” se conmueve pero no se anima a tomarle el pulso, negro-carbón como todo el resto. Dice:

Ya viene la ambulancia, Tomasico.

Y él responde, apenas inteligible

Me ha tocado el rayo… ¡el rayo!

Y Horacio miente:

Te pondrás bien, te curaremos…

Noo … es el rayo bueno…

Y el enfermero, que más o menos conocía la teoría, apartó un poco al médico y le dijo:

Si, Tomás… es el mismo rayo que tocó a… duda, nervioso, no se le ocurre el nombre de ningún pintor, y finalmente dice—: ¡a Picasso!

Y Tomás casi sin voz le susurra, le ruega :

Noo, ese no… el del ángel…

Y el enfermero se enmienda:

Eso, Tomás, el rayo del ángel…

Y un gesto iluminó su rostro ya casi sin rostro.

Y así murió Tomás Gorka, haciendo una mueca que parecía una sonrisa.

 

 

 

 

 

 

 

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