La libertad

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Foto de Helena Lopes en Pexels


Será la garra suave.
La lluvia con sus crines y sus colas.
Miguel Hernández

Fue así: Cuando uno lleva tantos años presintiendo que una historia que vivía agazapada en su memoria regresará de pronto, porque la lleva consigo desde siempre, encaramada en esa zona gris donde se mezclan los inventos de la imaginación, lo que recuerdas, lo que sueñas y lo que imaginas que recuerdas que sueñas y que es todo lo mismo, un revoltijo de todo eso…de la memoria… esa traidora…

Nos habíamos sentado a tomar una cerveza, mi mujer y yo, en una terraza de la rambla Primo Levi, al borde de una calle que aún ardía a cuenta del sol que había sufrido. El cielo enrojecía. Moría el día o nacía la noche o ambas cosas. Una cerveza que por fin estaba a mi gusto, y que por eso dije, con mi sentido crítico habitual:

Por fin una cerveza de barril que no parece una meada de burra refrigerada.

Y ella, mi mujer, que vive resignada a escuchar las grandes frases de un viejo resentido, asintió con la serena lejanía de siempre. (No os diré donde. Quiero decir, lo de la buena cerveza. Mis tiempos de dar pistas a la ávida competencia humana que sois todos vosotros, han pasado. Que os den… quiero decir, que os den la cerveza allá donde vayáis a beberla.)

Lo que trato de explicar es que la “Niña” que había estado deambulando por esa mezcla turbia de los recuerdos y los sueños y la realidad que se me entrelazan en los intestinos del cerebro al principio y al fin del sueño, volvía a estar ante mis ojos en carne, piel y hueso.

La Niña: que no era una niña, sino que era y había sido:

La yegua albina más hermosa del universo,

la yegua albina más indomable del universo,

la mayor calamidad equina de todos los tiempos del universo,

la más grande perversa del reino animal de los animales cuadrúpedos más malvados y más maravillosos del universo de todos los tiempos”.

Era ella misma en persona, y venía hacia mí… ¡regresaba!

Aquella yegua albina había sido parte de esa mezcla simultánea de lo vivido y de lo imaginado, que casi es lo mismo, que a veces pienso que es lo mismo, porque es lo mismo, o porque quizás no lo es. Sí y también no. Que quede bien claro.

El problema son los años. Cuando te pasan por encima, tus recuerdos de la infancia entran en una nebulosa incandescente y ya no sabes si lo que recuerdas fue o lo que fue o es lo que imaginas. (Sí, los años: por su culpa he abandonado las afirmaciones rotundas, porque uno está en manos del azar, que se encarga de hacerte hacer el ridículo cuando más seguro crees estar de algo, de modo que te crees listo y sabio porque eres viejo y no paras de cagarla: de cagarla rotundamente, que no es lo mismo, o que sí lo es pero que es distinto. Yo por lo menos, llevo en mi vida un alto promedio de “fe de erratas” o “fe de cagatas” si os gusta tomar la cosa con guasa. Y si alguien que lee estos recuerdos se cree un sabihondo del año cero, antes de mofarse de mis tribulaciones, que haga memoria. Porque los humanos: pretenciosos, soberbios, sobrados e ilusos nos creemos que somos todos unos Leonardos da Vinci y somos, por absoluta mayoría, una panda de cretinos atolondrados.)

¡Y no os diré donde! (Lo de la cerveza.)

Apareció de pronto, al fondo de una tarde que casi ausente de sol, agonizaba… El aire tenía ese color que siempre tiene a esa hora en el mes de setiembre… o quizás algo más oscuro.

Y por el horizonte, galopando sin fatigarse, flotando por encima del mundo, se acercaba La Niña…

real,

nítida,

abundante

y pesada,

abundante y pesada y potente, como una locomotora rellena de tripas ardientes y de nervios y de vida.

Con aquella testuz inmensa barrida por una catarata de crines, y con sus ojos rosados y sus relinchos.

Sabiéndola sin verla del todo, solo presintiéndola, adivinándola en una lejanía que ella acortaba a cada brinco que daba sobre el mundo. Real y palpable, como esos cantos rodados de granito, pulidos por la paciencia del tiempo, que son tan nítidos, tan grávidos y tan macizos, que al ahuecarlos en la palma de tu mano te hacen sentir la milagrosa fuerza de la gravedad, tanto, que te vienen ganas de reventar con él el espejo de un lago o la cabeza de algún memo.

Al principio de su aparición no era más que una especie de movimiento polvoroso y blanquecino, una luz galopando hacia la nada. Estaba como a unos ochenta y dos kilómetros más acá del horizonte (más o menos, por ahí). Un revuelo de crines. Nadie entendía bien qué era esa nube blanca y musculosa que llegaba y nadie le prestaba demasiada atención. ¿A quién le importa nada que el recuerdo de otra persona venga o no venga revivido atravesando el tiempo?

Pero yo supe que era ella. Lo supe desde el primer destello, cuando todavía era una mancha, cuando todavía no podía verla nítidamente… cuando todavía….y sin embargo, no me quedaba la menor duda. Porque no estaba en mis ojos. Estaba en mi piel… en la piel y en esa zona de las tripas donde esas cosas que nunca te abandonan hacen su nido….No era yo el que la reconocía casi sin verla, era ese otro ser instintivo que uno lleva dentro y que no basa sus presentimientos en esos pobres cinco sentidos con que nos ha dotado la rácana naturaleza, y que para colmo, en mi caso, ya eran sentidos de segunda mano y fuera de garantía.

Llegué a pensar que ya no estábamos en aquella terraza bebiendo una cerveza decente, mi mujer y yo, ella con su abanico y sus ojos de color nostalgia, y yo sudando como un gato. Por un momento llegué a pensar que otra vez estaba en la cama, haciendo el idiota a primera hora de la mañana, habida cuenta que era algo que se me daba tan bien. Acurrucado sobre el aliento apestoso y a punto de abrir los ojos. Retomando el sueño y el recuerdo de aquella mañana lejana en que la Niña…

Y embelleciéndolo un poco o disimulando su sentido absurdo, cambiarlo, o rellenarlo de color… eso, rellenar el sueño de color, como aquellas libretas infantiles para colorear con dibujos de animalitos trazados con líneas negras sobre un papel de dudosa blancura, esas ilustraciones que solo los niños repelentes son capaces de rellenar de rojo o azul o verde o amarillo sin pasarse ni un milímetro del contorno. (Mi primo Antonio era así de virtuoso y repelente, por eso le hice una raja en la cabeza con una piedra, pero esa es otra historia.)

Traté de abrir los ojos y no pude, porque ya los tenía abiertos. Tanto tiempo imaginándola, tanto tiempo pensando “¿qué habrá sido de ella?” y ella que me venía a decir que el tiempo es solo un invento de los hombres, que me hacía notar que los mismos humanos que habían tenido la genialidad de inventar la escritura, tuvieron también la estúpida pretensión de inventar el tiempo, de medir la vida con ese absurdo-absurdo artilugio llamado “tiempo”… ¡como si eso fuera posible…!

Como una aparición. Venía a la carrera, galopando desde el horizonte, y ahora ya estaba unos trescientos metros más acá de donde os dije antes, más o menos por allí… (quizás no tanto) acercándose como una ondulación de sangre, piel y venas, un racimo de pelos blancos sudorosos y perfumados. Un aluvión de vida carnal que brincaba en ese espacio que hay entre la tierra y el cielo, por el que casi flotan los perros, los gatos y los caballos… y supe, inmediatamente y casi sin verla… que era ella, porque solo ella era capaz de hacer tronar el suelo con ese manojo de relámpagos apagados.

Como cuando una tormenta eléctrica descarga “sus crines y sus colas” en el pueblo vecino.

Como cuando sacudes a patadas un portón de hojalata…

¡Y mucho más!

Como cuando trescientos setenta y tres soldados de infantería sacuden con sus botas espoleadas trescientos setenta y tres portones de hojalata pintados de verde y amarillo… (pero lejano… un trueno lejano) Como ese rimbambún que viene por el aire antes de diluviar a cántaros en un lugar boscoso que está a seis kilómetros y trescientos ventidos metros de donde está tu oído (aproximadamente). Así de nítido y así de lejano y de cercano, doy fe.

Como el caballo que había proyectado Leonardo da Vinci” había dicho el Hugo (al que en el barrio llamábamos “el chalado”.) Lo dijo mirando a la Niña fijamente y entrecerrando un ojo para hacerse el entendido… (Era un tío raro que vivía encerrado en un cuartucho al fondo de la casa de la verdulera, rodeado de una pila de libros, y que se pasaba los días escribiendo no sabíamos qué, y que cuando aparecía por el barrio y soltaba alguna parida intelectual como esta del Leonardo, todos asentíamos en silencio, porque la mayoría de las veces, o todas las veces, como esta vez, no sabíamos de qué carajo hablaba.) (Por aquel entonces el único Leonardo que conocíamos era el hijo del cartero que era cojo y estaba en la cárcel por robar una oveja.)

Hay suertes o desgracias que presientes en el acto. Es como cuando tropiezas y en los segundos que estás en el aire y sabes que te vas a dar de morros con el suelo y ya todo el cuerpo te duele a cuenta.

Había algo raro en “ella”. A medida que se acercaba, cuando ya estaba a unos doscientos metros más cerca de donde os dije la última vez que estaba, vi con extrañeza que por delante de sus belfos, como si la fuera empujando con los dientes, la precedía una nube clara, una parva redonda de vapor o de un talco brillante que iba como escapando de ella. Como el reguero de polvo que dejas atrás si galopas por un camino de tierra seca un sábado por la tarde. Pero que contra toda lógica, la Niña la llevaba por delante. Contra toda lógica (aunque cualquier disparate podía llegar a ser lógico tratándose de la Niña) aquella nube redonda y clara la precedía (o ella la perseguía, o la llevaba por delante y la hacía rodar a patadas, como más os guste).

Hacia nosotros, galopando un poco en la tierra y un poco en el aire… hacia nosotros y hacia el mundo, así venía. Por la avenida en cuya acera estábamos sentados tomando una cerveza. Por fin una cerveza decente. Sentados a la vera de una calle larga y estrecha como son ahora las calles de asfalto que las hacen largas y estrechas para ahorrase cemento. Se nos echaba encima, la Niña, con el estruendo callado de un alud de rocas y nieve que baja hacia un barranco cercano y turbio pero a la vez lejano.

Me extrañó que nadie más que yo se asombrara de su aparición. Tan solo yo, y en cierto sentido, mi mujer, que en vez de mirar hacia-por-donde-llegaba la Niña, me miraba a mí con preocupación. (Tenía en sus ojos esa mirada a-la-que-nuca-supe-como-decirle-cuanto-la-amaba.) Como defendiéndome de la alarma de sus pupilas, estuve a punto de decirle: “¿Acaso no tengo que estar trastornado cuando un recuerdo que tenías en el archivo de los sesos tanto tiempo se repite ante tus ojos como si lo urdiera un trilero? Y sin decírselo se lo dije y sin decirme nada ella lo supo.

Arrasando el camino, como la locomotora del aquel cuento de Bradbury que me enfermó de envidia. Como si el sueño o el recuerdo de aquel recuerdo de cuando se fue atronando por una calle de tierra surcada de amarillo nunca se hubiera interrumpido… Así venía… ¡¡¡ la muy malvada!!! la muy hermosa!!! Tan luego esa tarde, cuando por fin me habían servido una cerveza decente, me tenía que llegar esta especie de canguelo existencial.

Porque los ojos nos pueden engañar, pero cuando todo cambia en el espacio enorme e infinitesimal que hay entre dos segundos, y el aire se vuelve tibio, con la misma tibieza vital que ella te dejaba en la mano cuando te permitía que le acariciaras la grupa, y ese “tibio” se te quedaba en la piel durante tres segundos y medio, y su perfume por más tiempo, ese perfume de piel divina que solo pueden tener las potrancas albinas. ¡Porque era albina! ¡Dios! ¡Blanca como la nieve! ¿Podéis pensar en algo más hermoso que una potranca albina? No perdáis el tiempo, porque si suponéis que habéis encontrado algo más hermoso que eso, es que sois medio bobos. Medio, o del todo. Eso: del todo.

Diréis: no sabemos de qué habla este tronado, ya que no sabemos quién es la Niña.

Bien: La Niña era un potranca albina, no sé si ya os lo dije.

Yo viví una pequeña parte de mi infancia con ella, y alguna vez… algunas veces, me permitió acariciarla, y apoyar levemente mi oído en su flanco tibio, y sentir el tráfico maravilloso de sus intestinos y el tambor oscuro de su corazón… (ya os podéis encochinar de envidia).

Al rozar con mi mano su piel eléctrica, ella giraba su cabeza y me observaba con su mirada honda de ojos rojizos, entreverados detrás de una lluvia de crines, como si me espiara a través de sí misma… y era raro que siendo tan arisca y tan impredecible, sabiendo que no sabías con qué coz o mordisco podía salirte si estaba de mal talante, aun sabiéndolo, después de haberla acariciado. Al acostarme por las noches pensaba en ella, olía su perfume en mi mano, y ya entonces, con diez años, adivinaba que era eso que los mayores llamaban amor.

Paciencia… Sé que os debo contar la historia, pero me doy el gusto de escribir este preámbulo para mí solo, que soy el único testigo vivo de aquella tarde de hacía muchos años, en la que la Niña se dio el gusto de mandarnos a todos a la mierda. Pido perdón, pero es a ese lugar y a ningún otro donde la hermosa, la más hermosa de todas las hermosas, nos mandó, y he recorrido el diccionario de la Real Academia, y si hay algo a lo que solo se puede nombrar con la palabra mierda, ese algo es la mierda.

Y esta no es una historia cualquiera, nacida de la imaginación de nadie. Es una historia real (por lo menos la parte que recuerdo). Doy fe (o quizás no, pero ¿qué importa?).

Así fue la historia de esta historia:

Mi tío Guillermo era un elegido del destino. Debía tener las líneas de las palmas de las manos como el cruce de cinco carreteras, y esa línea que está más hacia el pulgar de la derecha, debió de ser muy profunda. Creo que fue el hombre más inocente, más crédulo y más empecinado de nuestra familia y de todas las familias del contorno.

Los que habitualmente lo tenían de cliente para engañarlo dejaron de hacerlo porque venderle un buzón a este creyente era tan fácil que a los trileros y timadores de entonces mi tío ya no les servía de entrenamiento, y por el contrario, caía tan fácil en las trampas que podía hacerles creer que su timo funcionaba y corrían el peligro de coger un exceso de confianza. Porque mi tío Guillermo era anormalmente bueno, y eso, como dice el Federico (¡que no os diré quién era porque era un cretino!) decía, me decía, “tu tío es como una ballena blanca que pasa lentamente por la costa para que cualquier desalmado la arponee”.

Mi tío Guillermo había nacido creyendo que el mundo es bueno. Y por esa razón era físicamente como era: alto, delgado, con los cabellos negros peinados con gomina y con una raya en el centro, y con dos bigotitos delgados por encima de los labios, tal como son físicamente las personas que son así. (Años después, Clark Gable copió los bigotes a mi tío en aquella historia que se llevó el viento.) Hay gentes de todas layas, los hay verdaderos artistas de la hijoputez y los hay inocentes. Y entre esos dos extremos vamos la mayoría.

Como todos los miembros de mi familia, yo, que de pequeño ya era un buen cretino, me reía de él. Me burlaba en privado de mi tío y me mofaba de los engaños de que había sido víctima. Hoy lo añoro. Lo añoro y dentro de lo que cabe, para un anciano resentido como soy, quizás ahora, cuando ya él no está, es cuando más lo amo.

En la historia de este personaje vegetal que era el tío Guillermo, había una lista bastante notable de anécdotas sencillas. No sé cómo será ser pariente de exploradores famosos, tener, por ejemplo, tíos que sean héroes de la guerra de Birmania o ser primos cercanos de criminales impertérritos. Mi familia era un catálogo de medianías, un hatajo de mediocres de los cuales yo era uno más, y éramos, unos más y otros menos, una panda de grises tontos del culo, en el sentido que le queráis dar a ésta definición. Gentes sencillas que nacieron, crecieron y murieron porque son cosas que se consiguen más o menos gratis. (Yo por ahora solo he nacido y he crecido, pero no me hago demasiadas ilusiones.)

Mi tío Guillermo era distinto. Era sano y simple como un vegetal. Era eso: era una lechuga de Batavia o una berenjena de Orihuela; era nítido, como un pimiento verde. Así de sencillo y fresco era, y ahora, pasados los años, creo que por eso estaba donde estaba cuando estuvo donde estuvo y salvó de una muerte segura (o al menos era lo que él creía) a la Niña.

Lo cierto es que había ido a buscar a su hermano que trabajaba en el matadero de San Gervasio. Lo buscaba para que lo ayudara con su camión Bedford al que otra vez se le había parado el motor y que como era habitual en aquel engendro mecánico, no hacía caso de nadie. Era un camión como correspondía a su propietario, que tenía más kilómetros recorridos a empujones que con el motor en marcha. Pero además era un camión artero. Solo se paraba donde provocaba un atasco: en medio de las vías del tren, o en un túnel o al borde de un barranco. Ese día el Bedford se había parado justo bajo el arco de entrada del matadero, y nadie podía entrar ni salir sin su permiso. Así que entre su hermano y varios peones lo empujaron por el culo y lo dejaron con el motor ronroneando rencoroso junto a los galpones de los caballos. Cuando mi tío bajó del camión, los corraleros intentaban por tercera vez llevar a una yegua albina, enorme y hermosa, hacia su destino de carnicería. Su último dueño, desde la cama del hospital de la Misericordia Inmortal, donde se reponía de una patada que la yegua le había propinado allí donde más duele, y sospechando por ende que ya nunca engendraría descendencia, dio orden de arresto y ejecución de la agresora. De sus dueños anteriores se decía que un par de ellos habían quedado cojos o baldados de por vida, pero no se sabía con certeza.

La que luego se llamaría “la Niña” destacaba por su blancura y su belleza entre los pobres caballos destinados al matadero, viejos, tristes y derrumbados, para los que la muerte sería un alivio. Era la tercera vez que querían trasladar a La Niña hacia el portal del más allá, porque las dos primeras veces repartió coces a diestra y siniestra y había dos peones en la enfermería.

Hay personas predestinadas en éste mundo. Y la predestinación es ciega, no puedes contra ella. Te cae en la cabeza como un certero cagarruto de paloma en una tarde de abril (que es el mes en el que las palomas más afinan su puntería), y de eso quiero decir que ya no te libras. La historia está plagada de predestinados: Ejemplos: A un señor le dieron tres carabelas para que fuera a Cipango y el muy despistado terminó en El Salvador y se hizo famoso descubriendo América. Otro elegido por el destino vio caer una manzana y se decidió a “inventar la fuerza de la gravedad”. Y otro más: Un joven nacido en Arrás, llamado Maximilien, se graduó de abogado y terminó siendo un ejemplo para la humanidad al colaborar eficiente y patrióticamente con el envío de un Capeto a la guillotina.

Lo dicho: tú propones y el “predestino te predestina”.

O sea:

a) Si el Bedford no se hubiera parado aquella mañana en ese sitio,

b) Si mi tío no hubiera estado justo allí donde estaba,

c) Si hubiera aceptado aquella oferta del Remigio (que era tartamudo) cuando le ofreció ca-cambiar el ca-camión por do-dos va-vacas…

Sacaron a la que luego sería la Niña del corral, todos dando órdenes desde lejos, todos gritando, pero nadie acercándose a menos de diez metros, porque el canguelo te vuelve muy precavido, y allí estaba Ella, la fabulosa yegua albina caracoleando ruidosa en el patio de adoquines y buscando con los ojos rojos a quien sería su próximo damnificado… Y de pronto, como si la montara un ángel, como si las venas de su musculoso cuello que habían estado brotando bajo la piel y como a punto de estallar se le hubieran congelado, se acercó mansamente a mi tío Guillermo, el predestinado, y apenas resoplando, y hasta cierto punto sorprendida de sí misma, caminó lentamente hacia él, y él, atónito, alucinado, se la quedó mirando mientras la potranca le resollaba suavecito, como si le hablara, y mientras todos pensaban ya en la pobre viuda que en unos instantes enviudaría, mi tía Esperanza, esposa y mártir, por alguna razón que solo Ella, la hermosa yegua sabía, dejó de ser la nube furiosa que había sido, y se quedó a su lado, serena… dócil …y mi tío, tembloroso, atinó a ponerle un cabestro que le alcanzaron (¡que no se lo alcanzaron, que se lo tiraron desde lejos!) y ese día comenzó a ser “la Niña”. Como si mi tío-pimiento-verde y ella la condenada, se hubieran prendado mutuamente.

Se la dieron gratuitamente. (¡Es que incluso le habrían pagado para que se la quedara!)

Los que habían visto cómo se llevaba tranquilamente a aquella diabla de ojos rojos y largas crines blancas, estaban atónitos, y los más viejos, a su paso, se persignaban, que es lo que hacen los más viejos cuando pasan de la realidad a la imaginación.

Mansa como un cordero y blanca como una montaña de nieve. Tenía los cascos cubiertos por una cortina de crines largas que le llegaban hasta el suelo, como si caminara con cuatro gruesas brochas de pintar paredes.

En la casa de mi abuela, desde su fundación, había un galpón para caballos por el que habían pasado muchos de ellos, la última, una preciosa yegua alazana llamada “Cholita”, que hacía unos meses había desaparecido. La habían robado una noche de navidad… pero esa es otra historia.

La Niña entró dócilmente a su establo y comió y bebió a sus anchas. Era un galpón cuadrado de chapa acanalada sobre cuyo techo el viento apantallaba las ramas de un sauce vecino.

Al segundo día, cuando despuntaba el sol, se oyó en la casa una serie de estruendos, como cuando en la zona se festejaba con petardos el día de San Lujurio. Mi tío se levantó azorado, en calzoncillos, y al llegar al galpón comprobó que ya no existían las cuatro paredes de chapa. Las que quedaban estaban desparramadas por el entorno, abolladas y con una incipiente forma de canoa, y del galpón solo quedaban los cuatro postes de cada esquina y el

techo, además del abrevadero y de la Niña, que masticaba tranquilamente su ración de avena.

Mi tío, sin temer por su vida, se acercó al establo. La Niña se giró y lo miró a los ojos. Se miraron. Ella volvió a lo suyo y mi tío se volvió a su cama. Y murmuró:

Tenía calor. (Era verano.)

Pasaron unas semanas y la historia no cambió demasiado. Si alguien se acercaba al establo: patada. Y para colmo la malvada tenía una puntería de francotirador. Si se acercaba mi tío Guillermo, paseíllo de la brida por el terreno circundante, caricias en el lomo, cepillado, lavado y engrase.

El Chata”, que como su apodo lo indica era el chatarrero de la zona, tal como correspondía a su oficio era bajo y rechoncho y, como todos los chatarreros que se precien, un poco filósofo. Lucía unos mostachos que años después inspirarían nada menos que a Iósif Stalin, y era, sobre todo, un lacónico.

Al fondo de su galpón, encaramada sobre el techo de lo que en tiempos había sido un autobús, mi tío había divisado una tartana; un carromato de dos ruedas altas, dos varas largas y un asiento para tres. Entusiasmado con la idea de pasear con aquel trasto, preguntó su precio. El Chata meditó, miró inclinando la cabeza el artefacto en las alturas, y se lo dijo.

Mi tío echó cuentas, y ya decidido a comprar antes de echarlas, preguntó con cierta preocupación:

¿Y se la puede bajar de allí?

Y el Chata, profundo como siempre, rechupó el mondadientes que llevaba en la boca desde el desayuno, y sentenció:

Allí no ha nacido…

La pintamos de rojo, y el Nemesio, que era bizco de nacimiento y pintaba carteles y anuncios, la adornó con florecillas y filigranas. Le contó a mi tío que la tartana había sido de un repartidor de leche y que aquel hombre, víctima de una cirrosis, se había ido para siempre a un lugar donde no compran leche.

Cuando mi tío se acercó a la Niña con los arneses y la montura y ella giró la cabeza para verlo venir, hubo como un silencio amenazante en el aire, pero luego no pasó nada y todo fue sobre ruedas, valga la redundancia.

Yo siempre fui piloto de tormentas. Mi tío me invitó a subir, y ante el asombro y la admiración de todo el barrio, salimos al trote en una mañana de sol inolvidable. Como esos soles que brillan más que en otros días en los que brillan menos…

Cruzamos la plaza. El aire nos pasaba por el rostro como una caricia. La Niña saludó una de las calles con un abundante y lustroso racimo de estiércol y poco después regó el suelo con una larga meada espumosa y perfumada que serpenteó entre los adoquines, y así las cosas, el paisaje se deslizaba a nuestro lado y el mundo nos derramaba su armonía.

Llegamos al bar del Bartolo y allí nos detuvimos. Mientras mi tío Guillermo ataba las riendas a un arbolillo que adornaba la entrada, se corría por el barrio la voz de la llegada de la “albina loca” y la gente se asomaba a la puerta de su casa y se nos quedaba mirando con asombro.

Entramos los dos al bar caminando despacio y contoneando el culo, como corresponde a personas importantes que son observadas por el populacho.

Mi tío bebió un vermut y yo una bebida de naranja. Mientras él explicaba a la arrobada audiencia de jubilados mañaneros sobre los diferentes modos de domesticar equinos caprichosos, yo me comí a puñados los cacahuetes y los palillos salados, y ya atacaba las aceitunas cuando nos llegaron desde fuera unos sonidos profundos, como una serie de truenos.

Salimos todos a la carrera hacia la calle, mi tío, yo, los jubilados del dominó y por último el Bartolo secándose las manos en el delantal.

Ya no quedaba nada de la tartana. Había una rueda en la acera de enfrente, parada contra un árbol y sola, que con un trozo de eje apuntado al cielo parecía un reloj de sol, y esparcidos por todas partes trozos de maderas pintadas de color rojo, algunas con florecillas y otras con filigranas, y en medio de la calle aún bailando sobre los adoquines como una peonza, la otra rueda: giraba descentrada como un aro de hula-hula, y así estuvo hasta que se cayó de bruces con un ruido metálico y ahogado.

Y en lontananza, como en un sueño, con un rumor de cascos amortiguados por la distancia, la grupa de la Niña galopaba hacia el horizonte. Revoleaba la cola de crines blancas como si saludara con un pañuelo, y al arrastrar por los flancos las dos varas de la tartana, los extremos iban rozando la tierra y levantaban dos nubes paralelas de polvo.

Nunca olvidaré la expresión de tristeza de mi tío Guillermo. Plantado en medio de la calle, más solo que nunca, comprendía que hay cosas en la vida que ni aún siendo un tío Guillermo puedes quedarte con ellas.

Volvimos a casa caminando en silencio, y el camino se alargaba a cada paso, como si la tierra se deslizara hacia adelante bajo nuestros pies, para que llegáramos sin llegar.

Y ahora la Niña regresaba desde aquel día como si otra vez fuera ese día.

Tal vez murmuré su nombre, porque mi esposa susurró:

No puede ser ella. Tenías diez años, quiere decir que escapó de vosotros hace sesenta y cinco … y ya era una yegua madura… Ningún caballo vive tanto…

Siempre la voz de la sensatez, pensé, con ese aire de rencor con que a veces los ancianos aceptamos que no tenemos razón, y quise decirle, explicarle una vez más que aquella potranca era distinta…

La nube de ollares rosados, de cascos y crines se acercaba hacia nosotros por un túnel de luces.

Miré a mi esposa: miré los ojos de aquella mujer a la que amaba, a la que yo había sido capaz de amar durante 46 años ininterrumpidamente, sin pausas ni cambios, con un amor lineal, como una nota musical permanente, como el silbato en los oídos que no me había perdonado ni un solo segundo de mi vida. Miré a mi esposa y en sus ojos brillaba una especie de asombro y de ternura. Una mirada… como si por fin acabara de descubrirme o como si por fin me aceptara en todo su conocimiento, ya sin dudas ni preguntas. Eso que tienen las miradas cuando se mezclan el sueño y el olvido, cuando nos invade la sospecha de que la despedida será cordial y para siempre.

Y quise hablarle, decirle… quise decirle… le señalé el camino… y busqué otra vez su mirada y ella ya no estaba. Se habían esfumado sus ojos y sus cabellos…. El rostro maduro de la muchacha más hermosa del mundo, ya no estaba, y yo estaba solo… solo, pero sin temor… y la mesa y la botella y el mundo en donde todo eso había estado apoyado, se habían ido. Solo.

Envuelto ya en el retumbar del galope y en la niebla suave y blanca que la precedía. Y mi potranca albina, cada vez más cerca. Presentí su mirada, su aliento carnal, sus belfos, y ese vibrar que recorría su piel cuando la acariciaba, y esa manera lenta con que dejaba flotar sus crines en el espacio.

Aquella niebla terminó de envolverme. Un aire cálido y sin embargo levemente frío en la piel… y un silencio placentero, una bonanza física de huesos indoloros, como si por fin… eso, como si por fin… como si por fin… y un bienestar sereno, de miembros que no pesan… y una sensación de libertad…como una garra suave.

Y pensé, me dije: “… sé porque ha vuelto”, y en ese instan…

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