ABISINIA O EL OMBÚ VOLADOR (una historia del pocero Quiroga)

Arbol grande

MELANCÓLICO AFÁN


como si fuera para siempre
afán de explicar el porqué de la noche
o la inútil sucesión de los veranos.
Ana Weyland - La Vida Simple

A modo de prólogo.

Aunque viéndome cómo me veis ahora os cueste creerlo, hace mucho tiempo yo fui un niño.

Me crié en un barrio con calles de tierra y también algunas pocas asfaltadas. Un suburbio incipiente con carros y caballos, gatos huidizos y perros silvestres que eran de todos y de nadie. Había casas antiguas, como la que construyó mi abuelo, y otras que algunos inmigrantes, la mayoría italianos y acaso algún polaco, habían edificado a mano, con ladrillos comprados de a poco o distraídos de alguna obra, y trabajando toda la familia, sobre todo en los días festivos y en los domingos, porque como no eran Dios, no podían descansar al séptimo día.

No, hasta tener un techo.

Y apenas lo tenían, apenas terminaban una habitación techada, se instalaban en ella con sus pocas pertenencias, todos juntos como pollos debajo de su gallina, y viviendo en este estado de permanente necesidad y emergencia iban levantado otras paredes y otros techos hasta que construían unos cubos sin revoco, que más o menos se parecían a una casa. Trajinaban ensimismados, de la misma manera en que comían, sumergidos cada uno en sus pensamientos, rumiando en silencio, como hormigas sobre un trozo de fruta.

Y había también otras viviendas de gentes aún más modestas, pequeñas chabolas que brotaban en la periferia, hechas con todo lo que encontraban a mano, cajones desechados por las fábricas, latas de aceite o de galletas prolijamente desdobladas y planchadas, tablones que se perdían en obras más importantes y chapas recuperadas por los chatarreros, y aquellas paredes artesanales, a fuerza de estar hechas con tantas filosofías distintas parecían un muestrario de parches.

Y los niños no nos sentíamos pobres, tal vez porque no sabíamos que lo éramos, y también porque teníamos muchas cosas: Teníamos zanjas con ranas, el milagro de las luciérnagas parpadeando en las noches de verano, y también el otoño y el invierno y la primavera, y el cartero que venía desde el más allá con fabulosos sellos de correo, y una cancha de fútbol que comenzaba en la puerta de nuestra casa y terminaba en el horizonte.

Y aunque teníamos familia, al igual que los perros, todos éramos de todos. Y todos teníamos también las historias que nos contaba el pocero Quiroga.

Y estábamos tan alejados de la gran ciudad de cemento y rascacielos que cada día cada uno de nosotros tenía que estudiar cuál debía ser nuestra manera de vivir para poder seguir viviendo, y a continuación ponerla en práctica para saber si funcionaba.

Y el epílogo de este prólogo son los recuerdos. Las cosas que nos devuelve la memoria… ¡esa traidora!

ooo

No vais a entender bien la historia si no os lo describo: Eudaldo Quiroga, el pocero Quiroga, era un gigante que no media mucho más de un metro y medio. Robusto y hermético como un toro y peludo como un oso entrecano. Entre la barba, los mostachos, la melena abundante y las cejas hirsutas que trepaban hacia el borde de la boina (o lo que quedaba de lo que en tiempos había sido una boina) casi no había espacio para tener una frente. El resto de la pelambre le brotaba del pecho, se asomaba por el balcón de su camiseta y le trepaba por el cuello como una hiedra por un muro. Le quedaba apenas un poco piel a la vista: solo la nariz rotunda (¡de cuyas fosas también le brotaban pelos!); tenía unas manos anchas, dos poderosas pinzas de dedos recios y cubiertos de callos bajo cuyas uñas anidaban restos de tierras atrapadas en antiguas excavaciones.

Hacía pozos ciegos a pura pala. Llegaba al terreno donde debía cavar y elegía el lugar exacto caminando en círculos como en un estado de trance, hasta que de pronto se detenía oscilando sobre sus pies y como el Cristóbal Colón de las ilustraciones de la revista Billiken, clavaba la pala-espada en el punto elegido. Luego, con una brocha empapada de cal dibujaba un círculo blanco indicando lo que sería la boca de “su pozo”, un túnel vertical que cavaría a pico, pala y músculo, avanzando furiosamente en dirección al magma del planeta.

Cuando ya desaparecía de la superficie, cuando de él solo quedaba en el aire el eco de su pala, un viejo mudo que trabajaba de ayudante instalaba un trípode con una roldana y remontaba la tierra con un cubo que se balanceaba en el extremo de una soga cogido por un gancho.

Y así avanzaba el pocero Quiroga, todo corazón, escarbando el corazón de la tierra. Unas veces con ese silencio con que rumian los solitarios y otras canturreando una melodía indescifrable, de esas que ronronean los ensimismados: un rumor que brotaba desde el fondo como una niebla y se ahuecaba y vibraba en el aire ensombrecida por la bocina del pozo.

Cavando como un topo y algo había heredado de este animalillo con el que compartía oficio porque como los topos, el pocero Quiroga era muy cegato. Lo poco que conseguía ver, lo veía a través de unas gafas de baquelita que ataba con un cordelillo por detrás de la nuca, y a través de unos cristales tan gruesos que sus ojos navegaban perdidos por el fondo de una espiral de luz plateada.

Y todo él era del color del barro. Sus botas y su ropa y hasta su misma piel eran ya una simbiosis entre el hombre y la tierra, y como tal, su olor o su perfume, eran una mezcla de hierro, vapores de sudor, aliento y ciénaga.

Era un hombre hermético, introvertido y silencioso, y algunas veces, cuando lo abrumaba el deseo de comunicarse, contaba historias.

Él decía que eran cosas que él mismo había vivido, y nuestra pasión, la pasión de los niños de aquel lugar, era escucharlo.

Escuchar las historias de boca del pocero no era fácil, porque aquel hombre oscuro tenía sus días. Cuando ya caía el sol salía de su cueva vertical trepando como una comadreja, y unas veces regresaba a su caseta de hojalata galopando con sus piernas cortas con la urgencia de quién se ha dejado un caldero en el fuego, y otras veces, las veces que todos vigilábamos, entraba como una tromba en el bar El Nuevo Progreso.

Entraba en el bar y sin decir palabra apoyaba sus brazos potentes estirados sobre la barra, como si le pidiera al posadero que lo esposara al estaño, y en ese estado de urgencia metía la cabeza entre los brazos y así se quedaba durante un tiempo inmedible mirando al suelo, mirando las puntas de sus botas, mirando el vacío y la nada, y así, sin decir palabra, como atrapado en un cepo medieval, meditaba y ronroneaba como un gato en celo.

El Ignacio, que era el dueño del bar, gordo y paciente, dejaba de secar lo que estuviera secando y lo saludaba con reverencia.

Con reverencia y con un cierto tono de admiración.

Así lo recibía:

¡Don Eudaldo, tanto tiempo!

… y esto del tanto tiempo era una muletilla que repetía aunque el pocero hubiera pasado esa misma mañana a tomar un trago antes de sumergirse en su trabajo. El pocero respondía a aquel saludo asintiendo con unas leves inclinaciones, como respondiendo que sí al suelo, y pasados unos segundos, levantaba por fin la cabeza que había tenido sumergida en el agua de sus pensamientos y se miraba sin verse en el espejo turbio de la pared, allí donde descansaban unas botellas de licores ignotos rodeadas de fotos de campeones olvidados.

Esperaba en silencio. El Ignacio, que le conocía las costumbres y que para colmo de bienes era vasco, elegía un vaso de vidrio grueso y turbio y lo llenaba generosamente de vino tinto, tan generosamente que las más de las veces el líquido desbordaba y corría por el estaño, y entonces el Ignacio, displicente, pasaba por encima una bayeta milenaria con el gesto circular de un limpiaparabrisas en una noche de lluvia. El pocero bebía con ansiedad, como devorado por una sed insaciable. Una sed, como si fuera para siempre, como si ella en sí misma fuera la parte visible de algo más hondo, más vital y más rocoso.

Un golpe seco y sonoro del culo del vaso sobre la espalda del mostrador significaba “más”. El cantinero servía otra vez y y otra vez con un lento zarpazo borraba el vino sobrante y volvía a su rutina de vasos y botellas, a su ritual de suaves tintineos.

El sol atravesaba el rincón donde dormía un gato gordo.

Desde la calle, el mundo parecía un lugar lejano que enviaba sus rumores y sus ecos.

El pocero respiraba hondo, y cuando volvía a llamar con la copa en la puerta de estaño, la botella sumisa regresaba.

De alguna manera la voz de su presencia en el bar se derramaba por el barrio como antes el vino. Los vecinos iban entrando furtivamente en el recinto, se instalaban en los rincones oscuros con sigilo de contrabandistas. Los chavales nos colábamos en puntillas por las zonas menos visibles del cantinero.

Mi gran amigo era Pablo Guevara. Había llegado al barrio desde una provincia y su padre había construido una casita con cajones descartados en la fábrica donde trabajaba. A mí me maravillaba la habitación de mi amigo y de sus dos hermanos, porque en las paredes de madera había unos letreros escritos en un idioma extranjero, con pintura negra y con la descripción del peso bruto y el peso neto de lo que habían contenido, y el aire olía a resina de pino y a grasa de máquinas, y eso me parecía algo genial. Pablo Guevara y yo nos acurrucábamos juntos debajo de una de las mesas para admirar al pocero, y este, a veces, salía del trance del vino y nos miraba a través de sus espirales de vidrio con la curiosidad con que un animal prehistórico observa a un par de cucarachas.

Todos los presentes sabíamos que si ese día aquel hombre decidía contarnos una de sus historias, no podíamos ni movernos, apenas respirar, y respirar en voz baja (si es que queríamos seguir vivos) porque el menor ruido podía ser fatal y dar motivo a que el pocero no nos contara el final de su relato. Y aún había algo más importante: la risa estaba prohibida. Reírse era causa de expulsión definitiva.

Por fin alguno de los parroquianos se animaba y le preguntaba qué nos iba a contar ese día, y si él consideraba que ese era el día, dejaba el vaso con un golpe seco, levantaba la mirada como buscando sus recuerdos por las vigas del techo, y gritaba el título de sus memorias, gritaba, por ejemplo: ¡Abisinia!

Y su voz de vino brotaba con el eco de las profundidades de sus pozos, y desde nuestros escondrijos de pronto teníamos la sensación de que el aire olía como huelen las entrañas de un volcán…

Yo tenía nueve años, y fui uno de los privilegiados que oyó algunas de las historias que contaba el Pocero Quiroga.

000

¡ABISINIA!

( …exclamó el Pocero: y aquel país ignoto, con su fauna y su flora, sus ríos caudalosos y sus peligrosos habitantes, galoparon amenazantes por la imaginación colectiva de los refugiados del Bar El Nuevo Progreso).

¡Abisinia! ¡Acampados a la espera de las órdenes de la comandancia!

Allí el aire ardía como fuego. Estábamos en una zona desértica y cada tarde, a la hora del crepúsculo, pasaba volando sobre nuestras tiendas la más grande bandada de loros jamás vista en este mundo. Millones de loros, tantos que oscurecían el cielo. Nos aturdían con su coro de chillidos al punto de que ni gritando escuchábamos las órdenes que nos daban. Nos teníamos que poner todos a cubierto, porque una lluvia de cagarrutos de aquellos pajarracos azotaba todo el campamento con la misma intensidad con que una tormenta de verano descarga su granizo. Había que tapar los calderos del rancho, apuntalar las tiendas, taparnos con capuchas, y aquella tormenta de excrementos con su olor insoportable hacía que nuestra vida fuera realmente un infierno.”

(El pocero levantó los brazos, como aquel cuadro famoso en el que un santo barbudo imploraba desesperado al cielo, y exclamó con la voz crujiente de un barítono-bajo):

¡¡¡¡ Llovía mieeeeerdaaaaa!!! ¡¡¡¡Mierdaaaa !!!!!

¡Quiroga! (me llamó el capitán Eufemio Ugarte, alias “el intrépido”. En este punto del relato el pocero repostó más vino.)

¡Quiroga! solo en usted confío. Le ordeno que haga lo que sea para que esta lluvia verdosa deje de cagarnos la vida.

Al alba, yo y mis hombres, siguiendo la huella de los excrementos durante ochenta y dos kilómetros, resbalando y cayendo una y otra vez por el camino, hundiéndonos hasta las rodillas en aquel fango verdoso, descubrimos el árbol donde hacían noche aquellos malditos pájaros verdes.

En medio del campo, solitario, había un ombú. El ombú más grande que yo había visto en mi vida. Su tronco solo lo podía rodear una cadena de 100 soldados y su copa cubría lo que en una ciudad decente ocuparían cuatro manzanas, una copa del tamaño de un gran estadio de futbol. Mi ayudante y yo calculamos que debían dormir allí unos dos millones de loros, loro más, loro menos…

Dispuestos a terminar con aquella pesadilla, encargamos a suministros cinco camiones cisterna de pegamento para pájaros y con 400 soldados a mi cargo, esperamos al alba y cuando los loros levantaron el vuelo en dirección al sur, trepamos a aquel árbol gigantesco y como monos, de arriba abajo, durante todo un día, embadurnamos cada una de sus ramas y su tronco con aquel potente pegamento.

A la hora del crepúsculo, apostados alrededor del árbol, éramos cuatrocientos fusiles preparados para vengar nuestro honor.

Bajó el sol detrás de un monte y llegaron los loros, una nube de plumas que oscurecían el cielo. Tapándonos los oídos y otra vez bajo una lluvia de excrementos, esperamos a que los malditos se posaran en sus ramas, y cuando los vimos a todos pegados a las mismas, sin poder levantar el vuelo, di la orden con mi espada de hacer una primera descarga, grité: ¡Fuegooo , fuegooo a discreción!

Se oyó la primera descarga y entonces la tierra empezó a temblar! …

¡Terremooootoooo! (el pocero rugía como un lobo aullador).

¡Terremoooootooooo! Los millones de loros comenzaron todos a aletear furiosamente, y aleteando todos a la vez, levantaron una nube de polvo que nos dejó ciegos… El suelo vibró bajo nosotros aun más cuando comenzaron a arrancar el árbol de la tierra, la raíces brotaban del suelo como enormes serpientes y restallaban bajo nuestro pies. Caíamos unos sobre otros como muñecos empujados por un ciclón y bajo una lluvia de tierra y piedras… y aquellos millones de pájaros, ahuecando sus alas como poseídos, todos a la vez, finalmente arrancaron del suelo aquel ombú gigante y lo elevaron por el aire, lo remontaron a más de cien metros, a más de doscientos metros, y más, y aun más… Y así se alejaron volando hacia el sur, pegados a sus ramas, dejando en la tierra un cráter inmenso, y enterrándonos vivos bajo una lluvia de terrones…. Y así se fueron volando, amarrados a su árbol por el pegamento… ellos y su árbol, flotando por el aire, huyendo hacia el crepúsculo, ¡volandoooo! ¡volandoooo! ¡Y así siguieron, hasta perderse con su el grandioso árbol detrás del horizonte!

Pagó su bebida con un golpe metálico y se fue del bar trotando pesadamente y en silencio, y envuelto en el asombro de nuestra imaginación colectiva que ya empezaba a soñar con aquel enorme árbol alado y con aquel crepúsculo rojo por el cual se perdía.

Epílogo:

Pablo Guevara y yo íbamos a la misma clase, en un colegio de la ciudad. Para llegar caminábamos por las vías oxidadas de un tren que ya no circulaba, saltando sobre durmientes y matojos durante más de una hora, y éramos para nuestros compañeros de clase, todos habitantes de la ciudad, una especie de extranjeros… éramos “los que vienen del campo”. Aquella semana, la maestra de dibujo nos propuso un tema libre, pero que se relacionara con la naturaleza. Presenté un dibujo muy coloreado. Ella lo miró con curiosidad y me preguntó:

Dijo: Astesiano, ¿qué es esto que has dibujado por encima del sol?

Dije: Un árbol… un ombú…

Me miró extrañada, y meneando la cabeza me dijo:

¡Pero si los árboles no vuelan…!

Y toda la clase lanzó una carcajada general, pataleaban y chillaban con más regocijo aun por tratarse del dibujo de uno de los dos “campesinos”.

Pablo y yo nos miramos a través de los bancos en los que nos habían obligado a sentarnos separados, y algo en nuestra mirada tenía un aire de condescendencia… una especie de feliz complicidad. Y él, moviendo ostentosamente los labios, pero en silencio, me dijo (exclamó): ¡Abisinia!

 

 

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