EL POCERO QUIROGA EN LA BATALLA DEL EBRO

Caracol 1

Una de las maravillas de los relatos del Pocero Quiroga consistía en que él era capaz de montar paisajes del mundo que solo existían en el mundo de su imaginación.

Al igual que un Zeus poderoso, nuestro pocero era capaz de poner una montaña, un río o una selva allí donde a él le pluguiera, y gracias a ello sus acólitos, que nunca habíamos salido de nuestro barrio (por miedo o por pobreza), conocíamos muchos lugares del mundo con la asombrosa circunstancia de que tales sitios no existían en el mundo.

Casi todos… Lo digo porque uno de nuestros vecinos, un bocazas que había nacido en un pueblo amarrado a la vera del río Ebro, intentó desautorizar el relato del Pocero (el que a continuación os voy a reproducir) afirmando que conocía todo el recorrido de ese río y que el lugar que describía el Pocero no existía.

Desautorizar al Pocero era para nosotros algo tan grave, era tanto lo que arriesgábamos por culpa de que aquel insensato (que para colmo se llamaba Eufemio… ¡que ya me diréis cómo alguien que se llame así podía atreverse a desautorizar a nuestro Pocero!), tanto que decidimos por unanimidad que quien no existía era él . O sea: que el tal Eufemio dejó de existir, él, su pueblo y su río… y así los tuvimos sin existir hasta que pidió disculpas y pudo volver a formar parte del género humano, y por ende del auditorio de los cuentos poceriles del bar El Nuevo Progreso. (Pero se tuvo que sentar en la última fila… ¡y allí te quedes, Eufemio!)

***

¿Cómo lo diré…? aquel día, el pocero empezó sin empezar. Pasó sin mediar palabra de un silencio ensimismado que como un manto oscuro lo envolvía desde su llegada (y más aun, al estar ahondado por el nuestro, nuestro silencio expectante que lo admiraba y lo esperaba), pasó directamente, les decía, desde el silencio, a un momento ya avanzado de su relato, y sin preámbulos nos puso a todos (y se puso él mismo) en el ardiente calor del un desierto…

Fue así: alzó su mirada acristalada y cegata hacia las vigas del techo (donde habitaba una rata amiga a la que habíamos bautizado Doña Pepa) y como si de allí le llegara la inspiración, sin haber dicho nada antes, continuó diciendo lo que no había dicho:

Dijo: … “y así fue, señores, como me quedé solo en medio de aquel lugar desértico, sin balas que disparar y perseguido por cientos de vengativos moros aulladores”.

(Mi amigo Pablo, con el que compartíamos escondite bajo una mesa, en una voz tan baja que apenas era una voz, me preguntó:

¿Dijo monos aulladores?

No: moros…

¿Los moros aúllan?

¿¡Y yo que sé, Pablo!?)

(Dedujimos que mientras bebía aquel vino tan maduro se había contado a sí mismo y nos había estado contando a nosotros mentalmente el principio de su historia, y sabedores de que no podíamos interrumpirlo (so pena de muerte súbita) decidimos acoplarnos a su relato como quien coge un tren que ya está en marcha, corriendo por el andén y saltando al estribo del último vagón).

Venían a por mí. Eran muchos y rabiosos. Sus sables brillaban como rayos, sus chilabas blancas deslumbraban por el sol, y sus gritos… unos gritos feroces que aturdían mis oídos.

(Desde el suelo, y con mirada de niños, aquel ser rocoso de no más de metro y medio nos parecía un gigante, como aquel de Goya que devoraba seres enteros. Era una tarde de jueves, y como seguramente recordaréis, los jueves era el día que nuestras madres cocinaban spaghettis, razón por la cual aquel drama del desierto adquiría proporciones bíblicas.)

Fue en algún lugar de España… o alrededores. Desarmado, retrocedí buscando un refugio, pero parecía que ese día el destino me destinaba hacia el fin porque frente a mí, cerrándome el paso, se elevaba una montaña alta y lisa, un paredón de rocas oscuras, un muro vertical e inexpugnable que seguramente había diseñado el mismo Satanás. El clamor de mis perseguidores aumentaba, rebotando en las piedras con mil ecos, anunciaban que en breve llegarían mi fin y su venganza. Miré al cielo y pensé, dije, ¿dejarás que termine así?¿ sin poder defenderme? Y Dios, que en muchas facetas de mi vida fue mi cómplice, me dio una oportunidad…. Mientras gateaba sobre la superficie lisa de aquella pared de granito, cuando ya me creía perdido, descubrí una pequeña cueva, un hueco estrecho y oscuro que penetraba en la montaña. Me arrojé dentro de aquella boca abierta en la piedra sin saber que encontraría, caminando a ciegas, tropezando y por momentos gateando como un gato. Parecía un túnel cavado para una fuga. Después de internarme en esa oscuridad durante un tiempo inmedible, cayendo y levantándome una y otra vez, divisé al final lo que parecía un resplandor. Era el fin de aquel pasadizo largo y serpenteante. Corrí velozmente hacia la luz mientras a mis espaldas los moros, que habían descubierto el pasadizo, me seguían amenazantes y el túnel rellenaba sus voces de ecos. Los malvados le prometían a Alá que en breve matarían a un infiel. Finalmente llegué a la salida y el sol me dejó totalmente deslumbrado, y cuando pude ver lo que había ante mí ya no pude dar ni un paso más, porque solo a unos metros, majestuoso, y cerrando la huida, pasaba el Río Ebro. No había salida. No podía atravesarlo nadando, había llovido y pasaba crecido y caudaloso. Por la superficie, corrían flotando los despojos de una gran batalla, cadáveres de soldados y de civiles, la mayoría de ellos degollados. Y entre los islotes de hierba podrida, flotaban también algunos caballos hinchados como balones por la muerte; iban mostrando sus dientes al cielo, en un gesto final de dolor y de rabia. Mientras tanto los alaridos de mis perseguidores sonaban cada vez más cerca. Atrapado entre la montaña y el río, busqué algo que me ayudara, miré en derredor… y entonces la vi: apoyada en una pequeña parva de trigo había una filosa horquilla, una buena forca campesina. Tenía un mango largo y potente de madera de cedro y en su extremo cinco largas púas de acero curvadas y brillantes por el uso. La tomé entre mis manos y me dije: “Eudaldo, vive o muere… pero peleando”, y pensé que Dios volvía a ayudarme, lo pensé por esa extraña relación que descubrí entre las cinco púas de mi horquilla y aquellos siete brazos del candelabro hebreo. Y dije, me dije: “Es una señal” y así envalentonado por aquel mensaje divino de mi socio de allá arriba, cogí la filosa horquilla y me planté a la salida del pasadizo, con el río galopando a mis espaldas, a esperar a mis enemigos.

La estrechez del pasaje solo les permitía venir de a uno en uno, y con esa ventaja les hice frente”.

***

El pocero se persignó y estuvo unos segundos observando su vaso de vino, como amenazando con beberlo. Cumplió su amenaza de un trago, golpeó con el culo del vaso en la espalda del estaño, y desde la penumbra de esa tarde de junio surgieron una mano y una botella que le recargaron carburante para que siguiera luchando en aquella desigual batalla. Durante aquel breve silencio, a Pablo y a mí, arropados en nuestra trinchera, nos acongojaba el verlo allí, tan tranquilo bebiendo su vino, mientras los moros estaban a punto de saltarle al cuello.

Miró otra vez hacia la viga por donde Doña Pepa pasaba ocupada en sus asuntos y dijo:

Apareció el primero, chillando y blandiendo su cimitarra como un demente, y no le di tiempo a nada: lo ensarté por el estómago con mi forca, y aprovechando el impulso con que venía hacia mí, lo levanté por el aire y pasándolo por sobre mi cabeza, lo arrojé hacia atrás. Oí a mis espaldas el ruido de su cuerpo cayendo en el río, pero ya no pude pensar más en él, porque otro de su banda salía del túnel y me atacaba. Otra vez con la larga vara y las púas de mi forca ensarté a este por el pecho y lo arrojé, al igual que al primero, por encima de mí y hacia atrás, hacia el río…

Y así siguieron, atacándome sin descanso, ellos lanzados rabiosos hacia su muerte y yo ensartándolos y arrojándolos a mis espaldas durante tres, cuatro, tal vez cinco horas. Cuando llegó el crepúsculo… de pronto… me envolvió un silencio sordo… sordo y mudo… sin eco de pisadas ni alaridos, y ya no apareció por aquella boca de la montaña ningún otro enemigo. Y allí estaba yo, agotado… agotado y rojo, sí, ¡rojo como el mismo demonio! porque de tanto pasar moros trinchados por sobre mi cabeza me había caído una lluvia de la sangre de aquellos desgraciados. Apoyé la horquilla en la roca, miré hacia el cielo y una vez más, di gracias a mi socio…

¡Pero de pronto sentí un frío penetrante en las piernas! Una sensación helada y húmeda que me trepaba susurrando por el cuerpo, y entonces, con asombro, descubrí al mirar hacia abajo que estaba sumergido en agua hasta las rodillas, sumergido en un agua roja por la sangre… y al girarme vi que los cuerpos de tantos desgraciados que yo, sin piedad, había arrojado hacia el río, habían hecho un dique. La montaña de moros muertos embalsaban esa parte del Ebro y el agua desbordaba su cauce. Sí, señores…por encima de mis rodillas… y roja, roja por la sangre de aquellos desgraciados…

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