EL VENCEJO

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Por increíble que parezca, esta es una historia real. Es la crónica de uno de las más atrevidas y geniales operaciones de salvamento de un pájaro en situación desesperada.

Nuestro vecino de la planta baja, cuya voz oíamos ascender por el patio interior, decía:

—Tranquilo, pajarito, que no te voy a hacer daño.

Perseguía a un vencejo que aleteaba por el patio de luces a ras de suelo y sin espacio para salir volando. Vivíamos en un edificio de nueve pisos, de modo que el pobre pájaro tenía el cielo que buscaba muy lejos, y no se terminaba de creer lo que mi vecino le prometía, eso de que no le haría daño (yo le habría creído porque mi vecino era una persona bastante civilizada, pero el vencejo no lo conocía y desconfiaba, y hacia bien, teniendo en cuenta los antecedentes criminales que tienen con los animales la mayoría de los hombres (y mujeres) (y que sepáis que me he negado premeditadamente a utilizar el término “los humanos”) de este mundo.

Con tales antecedentes, el pájaro, que no tenía ni una pluma de tonto, no se dejaba convencer y cada vez que mi vecino se le acercaba salía disparado hacia el otro extremo del patio.

Como sabéis (la mayoría no lo sabéis, pero tengo que quedar bien con mis lectores, en el optimista supuesto de que los hubiera), como sabéis, decía, los vencejos no levantan vuelo como la mayoría de los pájaros: necesitan una distancia larga porque despegan como los aviones, correteando (en este caso volando) un buen trecho al ras del suelo hasta ir ganando altura; de hecho, muy raramente bajan, hacen sus nidos en lugares altos y se alimentan de insectos en pleno vuelo.

El patio interior de nuestro edificio era rectangular y estrecho, y aunque el vencejo era tan inteligente que corría en diagonal, (que como sabéis, es la mayor distancia lineal entre dos puntos de un rectángulo) igualmente el espacio no le alcanzaba, y revoloteaba de una punta a la otra rechazando las promesas y carantoñas del señor César (que así se llamaba mi vecino.)

Desde la ventana de mi dormitorio, en el primer piso, yo observaba las idas y venidas del ave y del señor Cesar persiguiéndolo; era primera hora de la mañana y el buen hombre estaba en camiseta y vestía un pantalón de pijama con el que cada vez que se agachaba para intentar cazar al pájaro, mostraba el nacimiento de la hendidura de su zona posterior.

Entonces alguien llamó al timbre de mi vecino y este abandonó la persecución del ave y se fue a atender la llamada, y como tardaba en volver, comencé a pensar en cómo rescatar aquel vencejo sin tener que llamar a su puerta y encontrarme con su hija que era soltera, antipática, y para colmo estaba de novia con un policía.

El vencejo seguía volando casi rozando las baldosas una y otra vez en diagonal y uno de los extremos donde llegaba estaba justo debajo de mi ventana. El pobre pajarillo llegaba al final de su corto recorrido, chocaba con el ángulo de la pared y retomaba su intento desesperado en la dirección opuesta.

Fue entonces cuando, haciendo uso de mi habitual inteligencia, tuve una idea genial, que siendo como soy, tan modesto, no dudo en compartirla con futuros salvadores de vencejos atrapados en patios estrechos.

Cogí la pala de recoger las basuras, de esas de plástico con base plana y el mango en posición vertical, y sobre el suelo de la misma enrollé y pegué rulos de cinta adhesiva de las que se utilizan en los embalajes, pero sagazmente, los coloqué de modo que las caras adhesivas de la cinta quedaran hacia afuera. Até el mango de la pala a un cordel y la bajé lentamente hasta dejarla posada en el ángulo del patio que estaba bajo mi ventana.

El vencejo vino volando, llegó al rincón, chocó con la superficie de la pala y quedó atrapado en el pegamento de las cintas.

Levanté lentamente la pala hasta mi ventana y lo atrapé. Despegué muy suavemente sus plumas de las cintas y llevándolo en un puño, apenas acariciando su tibieza, fui con él hacia el ascensor.

Si subes a un terrado un día de sol y llevas en el hueco de la mano la suave tibieza de un ave, cuando abres el puño y ella se aleja y dejas de sentir en tu piel la ansiedad de sus latidos, entiendes de una vez y para siempre el significado de la palabra “libertad”.

Ocho pisos en un viejo ascensor es muy poco tiempo si llevas en la mano la maravilla de un ave. Imaginé su inquietud: viajar en la mano de un gigante dentro de una caja horrible de madera y espejos y que para colmo se mueve, sería para él una pesadilla en comparación con el milagro de volar. Pensé prometerle que yo tampoco iba a hacerle daño, pero ya habíamos llegado al terrado y la luz de la mañana nos envolvía con su luz cegadora.

Lo miré por última vez. No tenía miedo. Solo esperaba. Alcé el brazo hacia el cielo y abrí lentamente la mano y se fue…y me quedé allí parado, con el puño abierto, como saludándolo … y con un poco de envidia.

Salió volando como vuelan esas aves: como una flecha disparada en el viento.

Los vencejos son realmente hermosos. Tienen la cabeza aguda como los halcones, el pico encorvado y los ojillos negros como el carbón, y todo ello en pequeño y de color marrón.

Debo decir que durante todo el viaje en el ascensor, el desconfiado pajarillo no cesaba de darme leves picotazos en la mano… pero seguramente lo hacía porque no me conocía.

Y se fue sin darme las gracias, y me quedé como mirando todo sin mirar nada, con un leve sentimiento de nostalgia, que es lo que a uno le pasa cuando rescata y libera un vencejo.

Si esa historia de la reencarnación después de la muerte fuera verdad, y me dejaran elegir, yo tengo claro en qué querría reencarnarme.

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