EL SILENCIO

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Me fui, como quien se desangra. Ricardo Güiraldes

No fuimos tan amigos. Estábamos en el mismo negocio, en el comercio de materiales y maquinarias para la soladura de metales, y él, Justo Rico y Trelles, era un simpático jefe de ventas de una multinacional del ramo. Nos saludábamos cuando yo iba a comprar alguno de sus productos, y a veces salíamos a tomar juntos un café. Era esa clase de personas a las que los trajes les quedan tan bien, a los que la impecable camisa y la corbata los visten con tal naturalidad, que ni se les nota que son su uniforme de trabajo, y uno los imagina así trajeados desde el mismo momento en que salen de la cama, como si nunca vistieran de otro modo.

Fue cuando decidí emigrar con mi familia a España y él lo supo, cuando me propuso unas tardes de charla en el café Tortoni que estaba cerca de su oficina y donde lo saludaban como a un parroquiano habitual. El camarero solícito le preguntaba:

¿Lo de siempre Señor Justo?

Y él asentía y yo me sentía un extranjero.

Justo Rico y Trelles había nacido en un pueblo de Asturias, y desde el mismo momento en que le comenté que emigraría con mi familia a España, dejé de ser para él una relación comercial y pasé a ser un pupilo al que había que preparar para el viaje a su país natal. Me fue vendiendo su tierra palmo a palmo, recuerdo por recuerdo. No eran las maravillas turísticas lo que me ofrecía, no eran museos ni avenidas ni palacios. Eran los rincones cotidianos de su infancia, que su memoria y su añoranza nunca habían dejado de amar.

Sin proponérmelo, comencé a ser su alumno, su emisario, y de alguna manera, el reconquistador de sus sueños. Quiero decir que comenzó a regresar a su pueblo a través de mí. Nos sentábamos a tomar un café y luego del ritual silencio con que lo bebíamos, él abría el cofre de la memoria, preocupado de que yo no fuera a desistir de la idea de emigrar a aquel paraíso del que él había sido arrancado. Yo detectaba en su mirada una mezcla de admiración y envidia, quería que yo supiera lo que él había tenido que abandonar a los diez años, cuando su familia emigró a la Argentina, como si a través de mí fuera a recuperar el cielo, los ríos y los sueños perdidos. De pronto “Tito” Rico era él y era a la vez otra persona que yo no había conocido. La misma sonrisa permanente en su rostro afilado, el mismo acento castizo en su lenguaje, pero sus ojos se habían divorciado de esa expresión afable y cotidiana del buen vendedor, y en su mirada había una nostalgia largamente contenida, una nostalgia honda… honda y dolorosa, como esas pequeñas enfermedades que uno arrastra para siempre y sin remedio.

Yo no pensaba emigrar a Asturias. Mi destino era Barcelona, donde creía poder desarrollar mi actividad con más facilidad y además estar a un paso de Europa. Pero me era imposible rechazar su oferta de “patrocinio”, y también es cierto que su manera de recordarlo todo de aquel modo tan íntimo me tenía fascinado. También reconozco que su compañía me ayudaba a quitarme el miedo y la ansiedad que me provocaba mi próxima aventura. Tomábamos un café o a veces un vermut, y en el silencio del rito amigable de la bebida, su ataque envolvente comenzaba siempre con un:

¿Conque te vas a España? ―y lo decía como quién se desangra.

Y entonces me adelantaba el viaje. Ahora yo conocía sus navidades de niño, el río con las truchas que flotaban adormiladas y que se podían pescar con las manos, las nieves del invierno y la sonrisa de la maestra joven llegada de Madrid, de la que había estado enamorado. Durante esas tardes en aquel antiguo café de la Avenida de Mayo, rodeados de bombillas tenues y siempre en aquella mesa apartada, bajo la mirada ciega de un león de Ferro-Quina Bisleri que el tiempo difuminaba en el espejo, me hizo ver con una voz serena y casi monótona las imágenes de su niñez asturiana, como un viajero al que no le permiten partir y que en el último momento, cuando está a punto de rendirse y regresar, te descubre en la fila, a punto de embarcar, y te entrega su maleta.

La que Justo Rico me entregó durante aquellas tardes era una maleta con su infancia.

Dejé de verlo cuando la proximidad de nuestra partida y sus consiguientes problemas se me echaron encima con todas sus dudas y sus temores. Llegamos a Barcelona y durante las primeras noches, mientras Ana y mis hijos dormían plácidamente agotados por la excitación del viaje y la nueva ciudad, yo me revolvía en la cama y me preguntaba qué hacíamos allí, en una ciudad desconocida y sin más futuro que la incertidumbre. Pero pronto Barcelona nos abrió su regazo y nos ofreció una nueva vida.

En la primera navidad lejos de la familia y los amigos, para aplacar la nostalgia que nos daría aquella fecha, nos fuimos a un pueblo en los Pirineos y la alegría de la nieve redujo un poco las lágrimas a la hora del recuerdo.

Al volver a nuestra pequeño piso en Barcelona me esperaba una carta. Una tarjeta de navidad que había llegado un día después de nuestra partida. El sobre estaba escrito con unas letras preciosas, dibujadas con un plumín borracho de tinta azul digna del mejor alumno de caligrafía… eso que solo son capaces de plasmar los alumnos enamorados de su maestra.

Justo Rico y Trelles me saludaba las navidades, me hablaba un poco de sus cosas y me deseaba un feliz año nuevo. Me sentí en falta, ya estábamos a 29 de diciembre y le escribí a mi vez una postal tardía, con los consabidos tópicos de navidad, escritos hacia un conocido o un amigo que de algún modo se me había extraviado en el trajín azorado de la partida.

Me vino a la memoria un comentario que me había repetido con cierta insistencia: que su pueblo era Vegadeo, en Asturias, y se había esmerado en aclararme que no debía ser confundido con Ribadeo, que era otro pueblo, al otro lado de la ría del Eo, porque eso ya era Galicia. Hasta me había anotado en una servilleta del Tortoni la dirección de su casa natal. Un primo lejano le había dicho que la casa aún seguía en pie, e ilusionado, me había dado aquel papel que yo seguramente había perdido en el fárrago de la mudanza. Aquella tarde en la que lo escribió, leyó la dirección como si a él mismo lo asombrara, me miró a los ojos y me dijo:

Por si alguna vez llegas a pasar por allí.

Todos los años se me anticipó en el envío de la postal navideña. Entre el 15 y el 20 de diciembre llegaba su tarjeta, adornada con pinturas de santos o pesebres o arbolillos y con la maravilla de su caligrafía azul y perfecta, y yo siempre respondía tarde, porque siempre he sido un despistado para estos ritos, y porque al fin, para justificarme, llegué a pensar que mi demora en escribir más tarde ya era como un pacto establecido.

En mi trabajo como técnico comercial recorrí muchos lugares de España, y una mañana llegué a un cruce de carreteras en la que un cartel me señalaba en qué dirección estaba Vegadeo. A quince kilómetros. Y estuve allí dudando. Tenía que ver aún a un cliente, devolver el coche de alquiler en el aeropuerto… y quería terminar pronto porque era viernes. Y decidí, me dije: ya vendré otro día. Y me justifiqué pensando: antes tengo que volverle a preguntar la dirección de “su” casa, y llevar conmigo una cámara para fotografiarla, o hacerme fotografiar en su puerta.

Y los años fueron pasando cada vez con más prisa. Como en aquel poema de Quevedo que dice: “No sentí resbalar mudos los años”. Así fue como no sentí resbalar mudos los míos. Y un año, a principios de diciembre, me dije: Estas navidades lo saludo yo primero. Y apresuradamente compré la consabida tarjeta ilustrada con el nacimiento de Jesús pintado por algún artista barroco y la envié a su dirección, en la calle Hipólito Yrigoyen. Y pasaron las navidades y el año nuevo, y los reyes, y unos días después recordé que Tito Rico no me había enviado su saludo navideño, su tarjeta vestida de letras azules y perfectas. Y eché cuentas. Él era mayor que yo, y ahora debería tener… y pensé dolido, me reproché sin piedad, me dije: Debí haber ido a Vegadeo aquel día, no eran más que quince kilómetros (y oí su voz en mi memoria “Vegadeo en Asturias , no Ribadeo que es Galicia”). Y sentí pena. Esa pena honda que te hiere cuando ya es tarde y la respuesta que esperabas se ha convertido en un silencio.

 

 

 

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