EL PERFUME DE LA MUJER VULCANO

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Foto de Donald Tong en Pexels

Llegaron temprano por la mañana y con sus carromatos coloridos ocuparon el terreno baldío donde nosotros solíamos jugar. No era un solar muy grande, estaba al costado de una fabrica en cuyo paredón de ladrillos habíamos pintado con una brocha y cal un rectángulo que semejaba una portería de fútbol y sobre la que lanzábamos pelotazos furibundos contra el valiente de nosotros que se animara a hacer de portero.

No parecía un lugar suficiente como para instalar allí un circo, pero ellos llegaron y lo ocuparon a pesar de todo.

Las caravanas estaban decoradas con figuras de fieras, payasos y trapecistas voladores descoloridos por el tiempo.

Con la llegada de este “Gran Circo de Madagascar” aprendimos que como en casi todas las cosas de la vida, los hay ricos y pobres, y que este circo que ocupaba nuestro terreno, era de estos últimos.

Terminaron por llevar todos los carromatos a un extremo del terreno, y los aparcaron haciendo con ellos un círculo, como para defenderse de un ataque de los indios comechingones, y ya instalados de esta manera, sus ocupantes salían y entraban circulando por el interior de ese espacio donde montaron unas mesas y una cocina.

A pesar de la numerosa fauna salvaje con que habían ilustrado el lateral de sus caravanas, parecían no tener más animales que los caballos viejos que tiraban con resignación de aquellas, y esto fue así hasta que casi al final, galopando con elegancia, apareció una joven amazona vestida con sedas de colores y luciendo un birrete emplumado. Montaba un hermoso caballo blanco que trotaba levantando vivamente los cascos como si el suelo le quemara. Espontáneamente. todos los curiosos que los rodeábamos aplaudimos a su paso y ella nos devolvió una sonrisa llena de dientes. Una niña extasiada preguntó: —¿Quién es? Y alguien le contestó Esmeralda, se llama Esmeralda.

Fue su primera aparición: ya veréis más adelante por qué lo digo.

Trabajando en silencio, como se trabaja cuando la faena es una rutina bien sabida. Montaron la carpa en un día, y luego repartieron volantes anunciando su espectáculo por todos los comercios de la zona.

Mi primo Antonio, nuestro común amigo Hugo y yo formábamos un trío que ya rozaba los 16 años y éramos, por lo tanto, tres adolescentes en edad de hacer bobadas llamativas a la primera oportunidad. No pensábamos pagar el precio de las entradas y nos limitábamos a merodear por el entorno y a hacer el vago, que era algo que se nos daba bien y con absoluta naturalidad. Cuando finalmente comenzaron a dar sus funciones, descubrimos que unos diez minutos antes de terminar despejaban la entrada y entonces aprovechábamos para colarnos dentro y caminar por debajo de las tribunas desde donde la belleza interior de nuestras vecinas se podía comprobar solo con levantar la mirada hacia el cielo.

Para la función de despedida habían repartido vales de descuento: eso y la advertencia de que no nos volviéramos a colar por debajo de las tribunas, nos animó a ir a verla.

Aquella noche nos quedamos al final de la fila y cuando llegamos a la taquilla, una caseta de madera con una ventanilla baja, Hugo se asomó, miró dentro y chilló como un mono. Lo aparté de un empujón para saber por qué chillaba y allí, sentada en una silla baja y vendiendo las entradas, estaba Esmeralda, la muchacha que había llegado al lugar montada en el caballo blanco. Enarbolaba una sonrisa que parecía sincera y la razón del chillido de mi amigo era que ella lucía un escote generoso que visto desde más arriba nos dejaba sin aliento (eramos así de románticos).

Soltando patadas hacía atrás como un mulo para desanimar a mi primo que me acosaba, mantuve mi posición en la ventanilla y entonces ella me preguntó un poco azorada:

Dijo: ¿Cuantas?

Dije : ¿Cuantas qué, preciosa?

Dijo: ¿Cuantas entradas?

Dije: Todas, para verte a ti, las quiero todas….

Verla sonreír era un regalo para los ojos (aunque indudablemente, sus otras virtudes merecían el chillido universal).

No pude seguir. Mi primo Antonio pudo conmigo, me echó de la taquilla y eso le costó pagar las tres entradas, aunque con descuento.

Solo había tres filas de butacas rodeando la pista y detrás unas tribunas bajas donde íbamos la mayoría. Una banda de cuatro músicos que sonaba como si fueran muchos más dio comienzo a la función y cuatro payasos salieron al ruedo haciendo chillar de alegría a los pequeños del barrio, de los que no faltaba ninguno. Hugo notó algo de especial en uno de los payasos y entonces descubrimos bajo su disfraz a la guapa amazona que poco antes había estado trabajando en la taquilla.

Era así cómo funcionaba aquel modesto circo: cada una de aquellas personas que habíamos conocido cuando montaban la carpa o cuando venían de compras al mercado o repartiendo volantes actuaban luego ante el público en diferentes números y bajo diferentes personalidades. Freddy, el Rey de Claqué, era también el contorsionista “Nudos, el hombre de los huesos de goma” y era también, con una tupida barba y mostachos, un lanzador de puñales, que arrojados ante el temeroso murmullo de asombro del público, se iban clavando alrededor del cuerpo de la señora Amalia, que ahora vestía de seda dorada y a la que conocíamos porque además era la cocinera y salía de mañana a hacer la compra. El señor Gustavo, que temprano venía a tomar el café en el bar del Benicio, ahora era un maravilloso funambulista que caminaba a dos metros del suelo por un cable, y lo hacía meneándose al compás de la música. Se balanceaba como a punto de caerse para dar suspenso pero terminaba felizmente saltando sobre una tarima desde la cual trepaba a un trapecio con el que volaba en tirabuzón para luego caer de pie junto a su joven secretaria, que no era otra que nuestra “Esmé” que graciosamente invitaba al público a aplaudir “al gran Electrón”, que así se llamaba para el caso el señor Gustavo.

Los tres payasos aparecían entre una y otra actuación. Cada uno de ellos llevaba camuflada en el trasero una bocina, de modo que cada vez que se daban una patada en el culo, éstas sonaban y eso hacía reír, sobre todo a la gente menuda.

Hubo un intermedio para que los niños fueran en tromba a orinar y los mayores a buscar bebidas y palomitas, y entonces “nuestra multifacética Esmeralda” salió vestida de clown, con nariz de payaso y llevando colgada del cuello una bandeja de narices de payaso que vendía por monedas. Salté de mi butaca y me ofrecí a ayudarla, ella sonrió complacida y un tanto azorada. Cogí un manojo de aquellas narices rojas, me puse una y recorrí a saltos la tribuna. Logré vender unas cuantas y cuando la banda anunciaba el reinicio de la función, volví junto a ella, le di las sobrantes y la recaudación y antes de que ella atinara a nada, le di un sonoro beso en la mejilla. Mis dos compinches que me habían visto chillaban desde lejos y en ese momento, sucedió el milagro: ella me besó a su vez y me susurró:

Dijo: ¿Vendrás a verme cuando termine la función?

No recuerdo qué le dije exactamente… Me parecía tan hermosa, con su nariz de payaso y sus ojos inmensos y su sonrisa permanente … acaso atiné a murmurar

—¿Dónde?

Y ella me susurro en el oído:

Dijo: —Mi caravana es la que tiene un tigre….

Seguí mirando la función casi sin verla, sumergido en la emoción de aquella cita y sin escuchar las burradas y sugerencias de mis dos amigos que me preparaban para aquel encuentro como si fuera una pelea por el título mundial.

Aún faltaba el show estelar de “nuestra” Esmeralda: fue cuando atronaron los tambores y anunciaron por megafonía la actuación de La Mujer Vulcano:

Luciendo pantalones ajustados, botas de caña larga y capa, todo ello de un rojo brillante, y con el cabello en forma de catarata de lentejuelas entró al ruedo montando al hermoso caballo blanco. Trotando de lado hizo que el animal diera una vuelta a la pista mientras saludaba al público con sucesivas reverencias, luego bailó siguiendo el compás de la música y por momentos caminaba llevando en el aire sus patas delanteras. Por fin ella se puso de pie sobre la montura y en ese difícil equilibrio terminó dando dos vueltas a la pista para luego saltar al suelo entre aplausos.

Un ayudante se llevó el caballo y entonces la Mujer Vulcano, con un rápido movimiento de manos, sacó de debajo de su capa una pequeña antorcha que se encendió en el aire y soplándole la llama hizo brotar de su boca una larga llamarada que lanzó hacia el espacio. El público aplaudía con asombro, ahora ella se deslizaba lenta y amenazadoramente por la pista, y de pronto se cubría la cabeza con su capa brillante y cuando volvía a descubrirse, lanzaba hacia la altura una nueva catarata de fuego. Entonces entraron en la pista dos pequeños payasos que correteaban traviesamente delante de ella, hasta que a uno de ellos se le cayó el sombrero y cuando se agachó para recogerlo, la Mujer Vulcano le lanzó su llamarada en el trasero y una ristra de petardos que el payaso llevaba enganchados a él comenzó a estallar, y provocó su mímica exagerada gritando y brincando a cada estallido para alegría del público.

Esperé con impaciencia en un costado de la carpa, a oscuras, como un espía de un país del este. El circo se vació y sus luces se fueron apagando mientras unas tras otras se fueron encendiendo las suaves luces del interior de las caravanas. De alguna de ellas brotaba una música nostálgica, una música vieja. El aire olía a comida recalentada y a establo.

Una sombra se acercó a la caravana que tenía pintada la figura de un tigre amenazante, abrió la puerta y encendió una luz en su interior. Me acerqué hasta la escalerilla de entrada. El suelo de hierba seca crujía a cada paso. Llamé suavemente con los nudillos y la puerta de abrió en el acto.

Nunca hubiera imaginado que se pudiera amar de esa manera. Tan en silencio, tan susurrando cada pequeña palabra, tan tibiamente,

Ella era de una belleza simple y natural, como una manzana o mejor aun, como una gaviota.

Tenia un lunar en la mejilla, los cabellos gruesos y con las raíces más oscuras, y una piel suave y morena, y en cada uno de sus gestos yo notaba la felicidad del encuentro y la tristeza anticipada de la despedida. Ella consiguió disimular mi emoción y mi torpeza.

Tenía colgadas en un rincón sus ropas y sus botas rojas que olían al combustible con el que horas antes había lanzado fuego por su boca y ese olor se mezclaba con el perfume dulce que la envolvía.

De madrugada me deslicé fuera de la caravana. Ella dormía profundamente reponiéndose de su esfuerzo de todo un día de duro trabajo.

Amanecía, flotaba una suave capa de niebla sobre el césped y ya dentro del pueblo me crucé con figuras grises y silenciosas que caminaban rumbo a su trabajo.

No quise acompañar a mis amigos para ver como desmontaban el Gran Circo de Madagascar. No soporto las despedidas y esta me dolía especialmente. Y cuando varios días después fuimos a jugar a “nuestro” terreno, un rescoldo de esa pena aún estaba allí para apenarme.

Mi primo lo notó y me dijo:

—Te hubieras ido con el circo, como hizo José Arcadio.

Le respondí sin rencor:

—No me apuñales, primo…

Los recuerdos son pequeños tigres rencorosos que se agazapan en el tiempo esperando una señal para atacarte. Llegan aferrados a un detalle del pasado que es la punta del ovillo del cual nuestra memoria tira para que afloren. A veces el detalle es un nombre, un olor, una canción, una imagen… un sonido.

Mi recuerdo de Esmeralda siempre me viene a buscar flotando en un aroma: una maravillosa mezcla de pachulí barato y gasolina: el perfume de la Mujer Vulcano.

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