KIPAU O EL PERRO MÁS AFORTUNADO DEL MUNDO

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Para Levis Evangelos, amigo inolvidable.

Un sábado de madrugada embarqué en el puerto de Buenos Aires como tripulante del M/S Skogaland: bandera sueca, doce mil toneladas, carga general.

Yo nunca había navegado y de barcos solo sabía que flotaban y que circulaban por encima del agua, a diferencia de otros medios de transporte.

Conseguí embarcar como “matrós” (aprendiz de marinero) porque el barco necesitaba personal y porque el idioma inglés que yo hablaba, estilo Tarzán de la selva, al capitán le pareció suficiente para las importantes tareas que pensaba encomendarme. El problema de los barcos que venían del norte de Europa es que al pasar por Brasil, se les perdía el personal por el camino. Aquel país de maravillas y de muchachas maravillosas era un imán al que muchos escandinavos y demás parientes cercanos no podían resistirse y entonces se desembarcaban para pasar allí tanto tiempo como les permitieran sus ahorros.

Mis primeros trabajos a bordo del Skogaland, como les decía, estuvieron de acuerdo con mi experiencia naval: lavar retretes, hacer camas, y ayudar a quien necesitara un ayudante. También me tocaba, cuando navegábamos, hacer cuatro horas de guardia en uno de los puentes, avistando y avisando al oficial si veía luces de otros barcos.

Me tocaba el peor horario: entre las 4 y las 8 de la madrugada. Aprendí que según la posición de las luces, roja a babor, verde a estribor y las blancas de proa y popa, se podía saber la dirección del barco avistado. Mi felicidad por estar en aquella nave era tal, que todo me parecía una maravilla fuera cual fuera la faena que me dieran.

En total navegábamos en aquel casco blanco once nacionalidades. Solo eran suecos los oficiales y dos aprendices que esperaban llegar a serlo.

Llegados a nuestra primera escala: Santos, en Brasil, yo estaba en mi camarote sin saber qué hacer con mi vida cuando un griego llamado Levis me vino a buscar para que bajara a tierra con su grupo. Eran tres griegos: él, Giorgios y Dinos, además de Ludig, un polaco que también vivía en Buenos Aires y al que como a mí, los griegos habían rescatado de su camarote, tres italianos que atendían la zona de los oficiales y Manuel, un gallego viejo,pequeño y arrugado que trabajaba en la sala de máquinas y que según me contó por el camino, llevaba más millas navegadas que Américo Vespucio.

De camino hacia donde los griegos nos llevaban, supe que en las escalas, a la hora de bajar a tierra, la gente de a bordo se separaba naturalmente en dos bandos: ni enfrentados ni enemigos, pero distintos: suecos y demás escandinavos, alemanes y equivalentes por un lado, y griegos, italianos, españoles, ahora yo, argentino, y latinos por otro. La división la marcaba sobre todo una cuestión de gustos gastronómicos, lugares a donde irían, costumbres y lenguajes.

Los griegos, que conocían cada uno de los puertos de Brasil, nos llevaron directamente a una especie de bar, restaurante y lugar de “encuentros” de cuyo nombre no puedo acordarme, y que estaba no muy lejos del muelle donde había amarrado nuestro barco.

A simple vista era un bar como cualquier otro, pero tenía un a particularidad: que allí solo se hablaba en griego,se bebía y se comía en griego y las señoritas que animaban el lugar sentándose a las mesas para hacer compañía a los clientes, eran todas brasileñas pero hablaban en griego con la misma fluidez que Eurípides.

Inmediatamente un grupo de ellas vino a nuestras mesas: hasta el señor Manuel, tan mayor, estaba bien acompañado y sus ojos brillaban y estaba dicharachero como si de pronto hubiera dejado de añorar La Coruña. Su compañera le decía cosas en griego y él le susurraba las suyas en gallego, y hasta parecían entenderse, tal como deberían ser las buenas relaciones entre los habitantes del mundo. A mi lado se sentó una mulata joven aunque no tan joven, con su caballera tintada de rojo, la cual, con una naturalidad digna de antiguos amigos, comenzó a relatarme cosas de su vida en su fluido ateniense. No supe qué hacer ni qué decir, y como ella era tan expresiva, comencé a hacer gestos como si entendiera lo que me contaba y compartiera sus inquietudes. Ella no paraba de hablar, esa noche debía de necesitar un confidente y me sabia mal desilusionarla. De modo que cuando ella reía, yo reía igualmente y cuando ponía cara de asombro yo meneaba la cabeza con vivo asombro y cuando ella se ponía negativa ante lo que parecía un disgusto yo gesticulaba que “no, no, no, que barbaridad, qué injusticia!!!y así fue durante un buen rato, hasta que se cansó de contarme sus emotivas historias y le dijo algo a Levis, creo que le preguntó si yo era mudo, y este griego traidor, muerto de risa, le contó que de toda su historia yo no había entendido ni jota, que lo mío era sólo mímica de acompañamiento. Mi compañera de mesa se puso de pie (nunca me imaginé que a una persona de piel tan morena se le pudiera notar tanto en el rostro el tono rojizo que refleja la ira) y así, de pie, se estuvo varios minutos gritándome cosas con gestos despectivos, para solaz y alegría de mis compañeros griegos, que se partían de risa (cosa que a ella la enfurecía aún más). Como suele decirse “aguanté el chaparrón” y me mantuve callado porque finalmente tampoco entendía nada de esta parte de su discurso, aunque sospechaba por el tono que no era muy halagador. Total, que me quedé sin compañía femenina (lo cual, todo hay que decirlo, me resultó muy positivo a la hora de pagar mi parte de lo consumido) Se me ocurrió preguntarle a uno de los griegos qué era lo que me había soltado por su boca de carmín aquella dama, y se limitó a cogerse la cabeza con asombro. Me dijo que ni él, que era nativo de un suburbio de El Pireo, conocía tal repertorio de tacos.

Fue poco después, ya sobre la medianoche, cuando en aquel trozo de la magna Grecia enclavada en el puerto de Santos hubo una transformación geográfica total.

Alguien puso una música de buzukis a todo volumen y dos griegos, cogidos de los hombros, se largaron a bailar en medio del bar (entonces comprendí por qué en el centro de la sala no habían puesto mesas) y a esos bailarines se agregaron algunos más… (y que sepáis que esto lo viví cuando en el mundo aún no existía la película Zorba el Griego) y de pronto uno de los bailarines cogió al pasar una botella y la estrelló alegremente contra el suelo y a esta le siguieron con el mismo destino ruidoso otras botellas y otros vasos y como la gente de la calle empezaba a pararse a mirar y eso debía traer aparejado alguna prohibición o algún problema, el dueño del bar bajó la cortina metálica que al bajar de golpe sonó como un trueno… y allí estuvimos con baile y vidrios rotos hasta las tres de la madrugada, encerrados, como en un club privado. De regreso al barco, los griegos se negaban todavía a traducirme lo que me había gritado aquella mujer, pero aún se reían a carcajadas.

Llegamos a Río de Janeiro donde además de ver un poco de paso Copacabana sucedió algo totalmente inesperado: fuimos a un bar donde los griegos bailaban y estrellaban vasos y botellas. Solo estuvimos en ese puerto un día y a la mañana siguiente volveríamos a navegar hacia el norte. Estábamos a punto de levantar la escalera que daba al muelle cuando llegó corriendo y subió a bordo un hombre con su bolsa marinera y un perrito blanco en los brazos. Luego supimos que era un contramaestre alemán que meses antes se había bajado en Río y que, en compañía de una guapa nativa se había ido a vivir a una favela. Era el típico tedesco fornido, medio pelirrojo, con un mentón potente y una sonrisa permanente. Volvía a su país, donde lo esperaba su familia que desconocía su aventura amorosa. De paso, al abandonar la favela había recogido a un perrito. Lo había rescatado de aquel lugar, donde la vida para un cachorro era bastante dura. Era un animal pequeño que al bañarlo en la pica de los lavabos de popa, donde nos tocaba vivir a los marineros, resultó ser blanco y no grisáseo como estaba al llegar a bordo.

Los primeros días de navegación para aquel perro fueron complicados. Se mareaba por el balanceo del barco y entonces su dueño alemán, que se llamaba Harald, buscó un lugar en la popa, en el espacio que había entre cabinas y lo puso en una jaula que colgó del techo con un cable. Gracias al invento el animalillo mantenía la vertical aunque el barco se balanceara. No necesitó más que unos días para acostumbrarse y al llegar a Recife, última escala antes de zarpar hacia Europa, el perro ya caminaba por cubierta como un experto. Cuando el barco rolaba de lado, él acortaba o alargaba las patas de derecha o de izquierda y caminaba en linea recta mejor que cualquiera de nosotros.

Estábamos en la media hora de descanso matinal, sentados al sol y charlando en cubierta cuando apareció el ayudante de cocina, un adolescente brasileño natural de Minas Gerais, llevando un plato de comida para el perro. Fue cuando por primera vez oímos que el animalillo ya tenía nombre: lo llamó Kipau. Sonaba raro, pero no dijimos nada. Cuando el ayudante al que llamaban Patricio volvió a la cocina alguien que lo conocía nos dijo que el chaval era muy “provinciano” y para demostrarlo lo llamó y le preguntó cual era la ciudad que más le había gustado conocer, y Patricio nos dijo con seguridad:“Niorke”

Así era como llamaba él a Nueva York, y durante unos días estuvimos tratando de adivinar según esa semántica, porqué al perro lo llamaba Kipau.

La incógnita duró poco. Harald fue a sacar la jaula que el perro ya no necesitaba y que seguía colgada en el mismo lugar, allí donde Patricio había ido a llevarle la comida los primeros días, y entonces descubrió el cartel: En la pared había fijados dos extintores y una caja con una manguera para casos de incendio, y para que nadie obstruyera con ningún objeto ese lugar, un cartel advertía: KEEP OUT.

Nuestro Skogaland tenía alma de vagabundo: nunca sabíamos cual sería nuestra próxima escala hasta ya estar en alta mar. Esto dependía de las cargas que debieran llevarse o recoger y nuestros patrones, que eran un SOL, la Svenska Orient Line, transmitían por radio al capitán cual sería el próximo destino poco antes de zarpar. Hicimos una breve escala en Lisboa, uno de los lugares más íntimos y amables de Europa. Zarpamos temprano y unas horas más tarde, mientras trabajaba en la cubierta, descubrí que también se puede llorar sin sollozos y sin lágrimas: Pasábamos frente a la costa de La Coruña y sobre la banda de estribor lo vi asomado a Manuel; había subido desde la sala de máquinas a cubierta para tomar el aire. Con su uniforme azul de engrasador, su gorra y su silencio, parecía más pequeño, más rugoso y más solo que nunca. Supo sin verme que yo estaba detrás suyo y sin girarse, me señaló un punto de la costa y susurrando —más para sí mismo que para mí— dijo:

Allí está mi casa.

Llegamos a Hamburgo y Harald se preparó para desembarcar y volver con su familia. Nuestras cabinas estaban a popa y para acceder a ellas desde cubierta había que bajar por una escalera de unos 12 o 15 escalones.

Harald se detuvo al pie de la misma, llamó a su perro y le dijo:

Si eres capaz de subir te vienes conmigo. Si no te quedas.

Él subió por la escalera con su bolsa de lona al hombro, y se esperó arriba.

El animalito subió dos, tres escalones, y desde allí abajo se quedó sollozando y mirando a quien había sido su dueño hasta ese momento. Harald vio que no era capaz de subir y le dijo:

Pues… te quedas.

Dinos Ekonomidis, marinero de primera y delegado del sindicato, era también un fenómeno para los idiomas. Hablaba fluidamente sueco, inglés, francés e italiano, y Ahmed, un egipcio que acababa de embarcar en Lisboa decía que hablaba el árabe tan bien como él. El castellano lo hablaba “ italianizado” pero se lo entendía perfectamente. Lo increíble es que todos estos idiomas los había ido aprendiendo comprando cursillos grabados en discos, y con diccionarios y paciencia.

Tenía su novia en Gotemburgo, una rubia muy bonita con la que pensaba casarse. Los otros dos griegos, Levis y Giorgios se cogían la cabeza y decían que estaba loco. ¡Y lo decían en serio! Para ellos irse a vivir en una gran ciudad sueca, en una hermosa casa, con el trabajo de guía de turismo que ella le había conseguido y casado con aquella belleza rubia en vez de vivir en El Pireo, era una locura.

De los griegos aprendí que si se los arranca de Grecia, se secan como una planta a la que arrancas de su maceta. Son así de cabezotas… (pero para mí son los mejores amigos que puedes encontrar en tu vida).

Llegamos a Gotemburgo y Dinos se preparó para desembarcar. Hacía años que navegaba y tenía muchos bultos para llevar a tierra, para ello contaba con la ayuda de su novia que ya estaba en el muelle con su nuevo automóvil Volvo. Ella subió a bordo apenas la escalerilla tocó el muelle. Dinos esperaba en cubierta rodeado de sus bártulos y ella lo abrazó, lo besó y por encima del hombro de su prometido, vio a Kipau. El perrito la miraba y meneaba amistosamente la cola. Ella preguntó y le dijeron que era Kipau, un huérfano, un animalito sin dueño y que no sabían que hacer con él. Y entonces ella se desprendió de su futuro esposo, cogió en sus brazos a Kipau, se empezaron a besar mutuamente, ella y el perro, y Dinos tuvo que bajar todos los bultos él solo, porque ella no podía dejar de abrazar a Kipau sin correr el riesgo de que algún malvado se lo quisiera robar.

Y así terminó la parte que conozco de la vida de Kipau. En 28 días, había pasado de ser un chucho vagabundo en una favela de Río a ser el perrito mimado de una guapa señora rubia que vivía en Gotenburgo… una hermosa y sueca ciudad de Suecia.

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