LOS FANTASMAS DE LAS ÓPERAS

Mozart

Mi mujer y yo somos dos desertores de la ópera: ya no vamos al Liceu ni a ningún otro teatro a disfrutar de esa música que amamos. Los modernos “fantasmas” de la ópera han podido “contra” nosotros. Con su mal gusto, su desmedido e inconmensurable ego, su creciente e incomprensible poder en el mundo de la ópera, y su falta de respeto por los grandes autores, por el púbico y por la música misma, nos han echado fuera de los teatros, como a miles de espectadores que ya no volverán… que ya no volveremos.

El mundo de la ópera era un universo maravilloso: en el Olimpo los Grandes Dioses Creadores: Mozart. Verdi, Puccini, Mascagni, Wagner, Donizetti, Rossini, etc, y a su servicio, los Directores de orquesta, sus músicos y las voces de los cantantes, incluidos entre éstos l@s “Dioses menores”: Callas, Cosotto, Te Kanawa, Tebaldi, Del Mónaco, Pavarotti. Domingo, Björling, Gobbi… y Toscanini y Abado y Karajan…. Y rodeándolos nosotros, los espectadores, los que una y otra vez, (tantas veces como los viéramos) reíamos con Fígaro y sus bodas, sufríamos junto a Rigoletto o llorábamos en silencio cuando Floria Tosca descubría que Mario Cavaradossi no había fingido, sino que estaba realmente muerto, y se nos hacía un nudo en la garganta cuando gritaba “¡Mario. Mario! ¡está muerto…!”

Nunca un director tuvo la osadía (¿por ahora?) de cambiar una sola nota de las sagradas partituras de los Dioses Creadores, solo interpretarlas y hacerlas interpretar a su orquesta (¡¡¡que no es poco!!!) y los cantantes y los coros, es decir, los privilegiados que nos entregarían con su garganta y su corazón el mensaje maravilloso de la música, cada uno a su mejor manera, cada uno a su estilo y según sus posibilidades y su talento, pero siempre al servicio de la obra original por la que nosotros, el público, estábamos allí para aplaudir, y para soñar.

La ópera es una pasión para reincidentes. Es como un vicio y es diferente a todas las otras artes. Lees un libro y ya lo has leído: y a veces, tiempo después, vuelves a releerlo y encuentras cosas que no habías visto. Pero el libro no ha cambiado, es el mismo. Has cambiado tú, o ha cambiado tu momento o tu edad o tu sensibilidad, pero el libro es el mismo, letra por letra: Emma Bovary sigue siendo una joven soñadora y engañada por una sociedad cruel; Gregorio Samsa sigue inmensamente solo en su jaula y Kees Poppinga sigue mirando pasar los trenes…

Y lo mismo pasa con las pintura, puedes ir muchas veces a ver a Rembrandt o a Caravaggio o a Leonardo, y cada vez volverás a encontrarte con la maravilla, con algo que te desborda, pero que es la misma maravilla del primer día que tuviste la fortuna de ir a contemplarlos.

La ópera es distinta aunque también, como la literatura o la pintura, es igual: vas a verla y oírla durante años porque su fascinación cambia según las voces que la cantan y según la orquesta que la ejecuta y según el momento de tu vida en que la escuchas… en que la vives. Es la misma ópera que ya has visto y oído otras veces pero es totalmente nueva y distinta para ti, porque renace ante ti, la van a parir otra vez y nacerá según el talento de los artistas que la recrean y según el corazón con que la recibas. Michelangelo Merissi, el grandioso Caravaggio, solía hacer varias copias de un mismo cuadro, y aunque cada una de ellas tenía algo nuevo y distinto de la anterior, era

única e intocable. Nosotros el público, íbamos al teatro para presenciar como “pintarían” ésta vez los artistas la “nueva” versión de la ópera de siempre, porque en cada nueva representación esa ópera renace, está viva, pero el CORAZON ES EL MISMO, lo forman la partitura musical y la historia que relata.

Ocurre que ahora, si uno va al teatro de ópera se encontrará con que unos señores cuyo trabajo y obligación es montar un escenario de acuerdo con el argumento, se han convertido en una especie de “cosa nostra” a la que se le permite convertir la puesta en escena en un disparate personal, ajeno a los autores y a su obra, por el ególatra deseo de llamar la atención sobre sí mismos (y de paso espantar a los espectadores: que si son espectadores nuevos, los habrán espantado para siempre). Son los que llamo los “Fantasmas de las Óperas”, los llamados Directores de escena o sea…¡¡¡Los Régisseurs !!!!

Antes de escapar de la pesadilla de los decorados y las puestas en escena de este clan de ineptos soberbios, cuando aún nos resistíamos a no renovar nuestro abono de tantos años en el Liceu, hemos tenido que ver una Tosca en la que el “genio de turno” había montado un piso tan inclinado hacia la platea, que los objetos (la pluma (“tiza”!!) con la que Mario debía dejar el mensaje a Tosca, por ejemplo, o la vajilla que estaba sobre la mesa con la cena de Scarpia) rodaron y cayeron en la fosa de los músicos. Y Mario no tenía ni pluma ni papel… ! tenía que dejar el mensaje escrito en una pizarra fijada a una pared y escribirlo con un trozo de tiza!!! Hemos soportado una representación de Così fan tutte en la que en medio de la historia y sin razón alguna, el “régisseur” de turno hacía desfilar por el escenario una manifestación con banderas comunistas ¡cantando a toda voz La Internacional!

Hemos visto un Don Giovanni en el que permanentemente y sin que se entendiera ni se supiera por qué, mientras los cantantes daban voz a la historia, un grupo de señores totalmente desnudos se paseaban sin ton ni son por todo el escenario, y por si esta patochada fuera poco, a un lado de escenario había una serie de mingitorios que estos nudistas utilizaban en cualquier momento ante el público.

Dolorido por esta falta de respeto por todo, recuerdo que la crítica que Roger Alier hizo de esta puesta en escena: la tituló “Mearse en Mozart”.

Y es que estos genios incomprendidos de la puesta en escena, ante la pasividad de los Directivos de los teatros, la obsecuencia de los artistas y la indiferencia de la crítica, se mean en todo.

¿Por qué tienen tanto poder como para destrozar con su incompetencia y su soberbia lo que los autores nos han legado? ¿Por qué cantantes que ya tienen una carrera y un nombre en la ópera aceptan esta basura escénica que los desprestigia y hasta los humilla? ¿Por qué los directores de los teatros amparan a esta pandilla de ignorantes soberbios con su título en francés? ¿Por qué ninguna autoridad hace nada?

Y no os molestéis en tratar de ver óperas por televisión, ya sea en el canal Mezzo o equivalentes, porque la mafia de los régisseurs fantasmas lo controla todo. En todo caso, quitad la imagen y dejad la música…pero eso es como mutilar de una parte del corazón de la ópera.

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