SI NO LA INFANCIA…

horno

Foto de Álex Lázaro

¿Si no la infancia, qué había entonces allí que no hay ahora?

Saint-John Perse – Elogios.

Vivíamos en un pueblo en un país de cuyo nombre nunca voy a olvidarme, pero a pesar de estar geográficamente a pocos kilómetros del fin del mundo, lo teníamos todo.

Me dan un poco de pena los niños de ahora, cubiertos de juguetes de plástico, en guarderías con cuidadoras cariñosas, con vacaciones en las mejores playas y con cumpleaños inundados de regalos, pasteles y besuqueos familiares pegoteados de chocolate y crema; estrenando ropa a menudo, y ahora, para colmo de males, todo el día atrapados a una pantalla del teléfono y dando la sensación de estar escuchando la voz tiránica del “Gran Hermano” de George Orwell. ( Atentos: mi pena por ellos es secreta, y cariñosa, porque ellos no tienen la culpa de no haber tenido la fabulosa infancia que tuve yo).

En mis tiempos solo teníamos la pantalla del cine Plaza, los domingos por la tarde, donde chillábamos a coro como condenados cada vez que aparecía un tal “Carlitos Chaplín”, crecí en un barrio de calles sin asfaltar donde, cuando llovía, los carros: el del panadero y el del verdulero y el de los demás “eros”, hundían sus ruedas más de un palmo en el barrial, y sus caballos dejaban pozos del tamaño de sus maravillosos cascos de percherones y esas zanjas y esos pozos se inundaban de agua y las ranas campaban allí a sus anchas y sin hacerles daño los chavales les tocábamos suavemente el culo con una rama y en el acto saltaban hacia adelante hasta el siguiente charco con una gracia que ni en las olimpiadas olímpicas. Y como al descuido, nosotros también metíamos los pies desnudos en el barro hasta más arriba de los tobillos (que total, antes de que nos vieran nuestras madres nos lavábamos en la bomba de agua de don Remigio, que tenía un huerto y era anciano y encorvado pero que “sin embargo” era muy bueno, como un segundo abuelo, que no cualquiera tiene un segundo abuelo-bueno y de recambio, y que a veces nos regalaba una golosina inigualable e inolvidable: unas zanahorias recién arrancadas de la tierra y lavadas en el agua helada de la bomba).

Y la bomba: que uno de nosotros le daba arriba y abajo a la palanca curvada de hierro mientras los demás poníamos debajo del chorro de agua helada nuestras “patas” que parecían de chocolate.

Y por las noches nos dormíamos oyendo el sonoro concierto nocturno del pueblo, una sinfonía ejecutada por ranas, grillos, sapos, libélulas, mosquitos y demás músicos que gratuitamente nos daba la oscuridad.

Sé que os doy un poco de envidia, pero que sepáis que yo a mi vez, mientras recuerdo, pago el alto precio de la nostalgia (¡¡y no os diré que casi he lloriqueado como suelen hacer los viejos, porque no tenéis por qué saberlo!!).

Y el panadero que estaba a unas calles de nuestra casa, en navidades, nos prestaba una bandeja negra de hierro, y en ella le llevábamos nuestra cena a la panadería para que nos la cocinara en su fabuloso horno lleno de fuego que él cerraba con una puerta de hierro a palanca, porque eramos sus clientes de siempre y nos prestaba todo, la bandeja y el fuego y cuando volvíamos, casi a medianoche, con esa bandeja larga (mi padre llevándola por delante y mi madre por detrás como camilleros de una ambulancia llevando a un accidentado y con trapos en las asas para no quemarse) mi hermana Mabel y yo los acompañábamos mientras se nos hacía agua la boca por el aroma de la cena.

Y en enero los Reyes Magos me trajeron el camioncillo de madera que les pedí, elegido en el escaparate de la juguetería Colón y que a mi hermana le dejaron la muñeca Marilú y los camellos desparramaron un poco del pasto que les pusimos…. y se bebieron casi toda el agua.

Y que cuando mi padre y otros señores del ayuntamiento compraron un camión de bomberos y los uniformes y tuvimos cuerpo de bomberos voluntarios que los chavales señalábamos porque eran vecinos que conocíamos y que sabíamos que eran ellos a pesar de llevar puesto el casco y que los llamábamos por su nombre pero se hacían los importantes porque estaban formados en fila y que todos los niños del barrio sin excepción al verlos así formados supimos inmediatamente lo que queríamos ser de mayores.

Y que una mañana sonaron los tres petardazos de llamada y aviso de incendio y los vecinos- bomberos-voluntarios salieron de sus casas o de sus trabajos corriendo por la calle mientras se iban poniendo su uniforme y luego el autobomba salió con la sirena sonando a toda pastilla y un montón de vecinos iban al corriendo detrás como maratonistas por la calle para poder ver el primer incendio con bomberos propios (y no con los que nos prestaba del pueblo vecino, que era un pueblo más grande y ya tenían bomberos hacía tiempo). Y que los vecinos perseguidores del autobomba se volvieron todos desilusionados (y el hijo del peluquero para colmo cojeando) porque era un incendio en una casa en el campo a varios kilómetros del pueblo.

Menos mal que un tiempo después se incendió un almacén de muebles cerca del cementerio y pudimos ver a nuestro cuerpo de bomberos en todo su esplendor (que alguien contó que en el primer incendio en el campo se hicieron un lío con la manguera y tardaron en lograr que por su boca saliera agua y que cuando empezó a salir el chorro la manguera se movía de una lado a otro como una serpiente loca y que agarrarle la boca y apuntarla al fuego llevó un tiempo y que por eso los bomberos y los curiosos quedaron empapados. Pero que como dijo luego el Alcalde, “fue un bautismo para el cuerpo”).

Y algunos días pasaban llamando por las casas unos campesinos que hacían pan en sus hornos y los traían en unas bolsas de arpillera nuevas de las que brotaba el perfume de ese pan casero que mi madre siempre compraba. Un perfume único e inolvidable. Un sabor exquisito y olvidado… un pan que quedó para siempre en mi recuerdo.

Y no quiero recordar más. Y no sé si quiero publicarlo. Que ya veis, que la felicidad también duele.

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