UNA FAMILIA DE VISIONARIOS: ÍCARO ATURDIDO

Principessa-Mafalda-

Mi abuela y mi abuelo paternos tuvieron dieciséis hijos. Mi padre, que era el mayor, emigró a Argentina con nueve años, y mis otros quince tíos fueron naciendo en Buenos Aires. Pero con nueve años mi padre hizo el viaje desde Génova a Buenos Aires solo: mis abuelos emigraron primero, y cuando ya estaban establecidos en una modesta vivienda, lo mandaron a buscar. Aún me conmueve la emoción de mi padre cuando recordaba la despedida de su abuela. El dolor indescriptible de aquella mujer viendo partir a su nieto, porque en aquellos años en que se emigraba en barco y en tercera clase, las despedidas eran para siempre.

Del carácter imponente y de las anécdotas de aquella abuela ahora quebrada por el dolor escribiré en otro momento: no puedo mezclar tan distintos sentimientos.

Catorce días un niño de nueve años solo en el buque Principessa Mafalda: 1.710 pasajeros, 9.280 toneladas, 146 metros de eslora: sí, viajó solo… o casi solo: la abuela desolada en el puerto de Génova vio a punto de embarcar a un vecino del pueblo, fue hacia él, le mostró a su nieto y le rogó que “por favor lo fuera mirando un poco”, que ya en Buenos Aires lo recogería su padre. El “paesano”, que conocía a la familia aceptó el encargo y mi padre subió por la escalerilla de la mano de aquel vecino con su pequeña maleta de cartón prensado.

De Génova a Buenos Aires con escalas en Barcelona, Rio y Montevideo en 14 días, era un récord para la época. Llegados a la segunda escala, mi padre, aburrido por el viaje, vio bajada la escalerilla y se fue tranquilamente a hacer turismo por el puerto de Rio de Janeiro.

Cuando decidió regresar, vio en la cubierta del barco un gran revuelo y notó que todo el mundo lo señalaba. Subió la escalerilla (con las manos en los bolsillos y silbando, según un relato de la época) y descubrió despatarrado en una silla al vecino que lo debía cuidar: estaba descompuesto mientras un tripulante lo apantallaba para que no se desmayara otra vez. Hasta que aquel buen hombre no vio venir a mi padre repetía una y otra vez como un zombi “mi paisano me mata… mi paisano me mata”.

El Principessa Mafalda partió casi inmediatamente. Nunca supe si esperaban a mi padre, pero creo no es habitual que demoren la salida por un pasajero que no aparece, y menos aún siendo un niño y viajando solo en tercera clase… lo dudo.

Lo dudo y tiemblo de pensar que hubieran partido sin él. (Por empezar es casi seguro que yo no estaría aquí, en Barcelona, dándoles la lata con mis historias familiares a los miles y miles de lectores que me siguen ávidamente en éste foro.)

No os lo vais a creer, pero aquella historia revelaba el carácter de mi padre. Siempre fue un pacífico; sus hermanos (cuando los tuvo) como siempre terminaba de comer mucho más tarde que los demás comensales, lo apodaban “relámpago”.

Mi padre hizo aquel viaje en 1912, y quince años después, en 1927, el Principessa Mafalda se hundió frente a las costas de Brasil. Murieron 481 personas. Un sobrino de mi abuelo, un gigante de un metro ochenta y muy corpulento llamado Vittorio. estuvo flotando toda la noche, y después de 17 horas fue rescatado con vida al amanecer. Era un hombretón muy callado, no sé si por aquella experiencia vivida en el mar, y cuando venía a alguna de las reuniones familiares (siempre bautismos o casamientos) los niños de la familia nos acercábamos a admirarlo… y a veces algunos nos atrevíamos a tocarlo… así como se toca a un héroe, y él sonreía.

Como os dije, mi familia italo-argentina estuvo poblada de grandes personajes. verdaderos visionarios que impulsaron el progreso del mundo en diferentes especialidades.

Mi tío Hércules, que se hacía llamar Domingo, había tenido un nacimiento exprés: dado que antes que él mi abuela ya había parido a varios de sus hermanos, saltó al ruedo del mundo con una facilidad asombrosa. Mi abuela rompió aguas y mi tío salió de su útero como si hubiera estado enjabonado. Fue un visto y no visto. Mi abuelo, viendo el ímpetu con que este nuevo vástago había nacido, le quería poner de nombre “Nasciosulo” en dialecto calabrés “naciosolo”. Lo convencieron de que no lo llamara así, y aceptó el nombre de Hércules, lo cual ya nos da una idea de los conocimientos de la cultura griega que había en mi familia.

Hércules, que se hacia llamar Domingo, fue un pionero del paracaidismo de entre casa. A los once años se subió a lo más alto de un sauce enorme, abrió un gran paraguas negro que le había birlado a su padre y cogido al mango de ese modelo elemental de paracaídas saltó al vacío. Lamentablemente lo traicionó la calidad del equipo. El paraguas se puso de revés y él, al caer en picado, arrancó de cuajo varias ramas del sauce y sin soltar el paraguas ni por un segundo, atravesó el techo de chapas del gallinero de sus padres y aterrizó en los comederos con gran escándalo de la gallina favorita de mi abuela que en aquellos días empollaba.

Cuando lo rescataron sangraba un poco por los oídos y desde entonces quedó un poco sordo. Mi abuela, que poniendo sobrenombres era temible, desde entonces lo llamaba “lo sturdutto” versión calabresa de “lo stordito”, o sea: el aturdido.

Pero nadie podrá negarle a mi tío Hércules su iniciativa y su valentía, ya que fue pionero de una especialidad que con los años fue imitada en el desembarco de Normandía.

(Y en una futura entrega os contaré una historia del “lo storto”… un cugino de mi abuelo….)

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