UNA FAMILIA DE VISIONARIOS: LO STORTO

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Y un día de noviembre apareció por la casa de mi abuelo el primo Marco, más conocido en Catanzaro, su pueblo natal, como “lo Storto” o sea “el torcido”, pero que en el argot de aquel lugar no significa un defecto físico ni una torcedura. “Uno storto” es también una persona de mal carácter, un hombre duro, lo que suelen llamar un attaccabrighe (un pendenciero).

Alto, moreno, silencioso, era de esa clase de personas que dan respeto. Mi abuelo lo recibió con un abrazo, como a un hijo, y algo parecido al afecto o a la admiración se reflejó en el rostro curtido de aquel hombre que lucía unos mostachos tiesos sobre una boca recta y potente. Pero el gesto amistoso solo duró en su rostro pétreo un par de segundos, como pasa la sombra de una gaviota que va volando.

Ocurrió que un vecino al que mi abuela le vendía huevos de sus gallinas a precio de amigo, le comentó que su hijo era policía y que en la zona del Pedernal, que en aquellos años era bastante conflictiva, necesitaban más agentes. Y fue así como Marco Schiaffino, lo Storto, apareció un día a saludar a la familia vistiendo su uniforme flamante de agente de policía.

En poco tiempo fue un guardián temido en aquel barrio, y los pequeños malandras trataban de evitarlo. Pero quiso el destino que una mañana se cruzara con el Camorano, un mafioso respetado de la zona, y como a lo Storto no le gustó su pinta, lo paró y le pidió que le mostrara su documentación.

El “mafia” se lo quedó mirando: no podía creer que a un “influyente” personaje como él, que a veces jugaba al póquer con gente importante, este novato venido de Italia no lo reconociera: que no lo saludara, y que hasta se atreviera a pedirle que se identifique. Se sintió ofendido y por eso cometió un error…

Suele ocurrir que cuando te crees intocable, empujado por tu amor propio, la cagas. Y la más de las veces la cagas sin remedio, porque nunca hay que subestimar al adversario y menos si no lo conoces. Puedes explicarle tu punto de vista, tratar de ganar tiempo, pero no puedes, o no debes, llamar “italiano de mierda” a una autoridad uniformada, con mostachos, con un largo sable colgando de su cintura y que para colmo de males es (o había sido) un reconocido attaccabrighe.

Lo Storto no iba la pistola reglamentaria. El comisario, cuando lo reclutó, debió de “oler” que este italiano del sur era un poco primitivo, y en principio, por unos meses de prueba, se limitó a dotarlo solamente con de aquel largo sable, que en manos de su agente le parecía suficientemente disuasorio.

¡Sabia decisión!

(Wikipedia de bolsillo): El último personaje que en Calabria se había atrevido ofender a Lo Storto había aparecido misteriosamente ahogado en un río cercano a pesar de que en vida había sido un gran nadador.

Insultado por el mafia, Marco-Schiaffino-lo storto-uniformado sacó a relucir el sable y le dio al Camorano tal somanta de planazos, que el interfecto terminó en Urgencias… Y lo que son las casualidades: el hospital más cercano al lugar de donde Lo Storto “lo aplanó” era el Hospital Italiano. No le hizo ningún tajo, solo le dio de plano, pero el mafia tardó meses en recuperarse de los morados que lo cubrían casi al completo.

El comisario llamó a su agente Schiaffino y le echó bronca:

—¿Como se atrevía a castigar tan duramente a un ciudadano conocido y relacionado como el “Señor Camorano”?

Lo Storto, que no era especialmente paciente, le chilló a su vez al Comisario:

—¿Un desgraciado me llama italiano de mierda y encima le debo hacer una reverencia?

Y antes de que el Comisario reaccionara, allí mismo tiró al suelo la gorra, la placa, la chaqueta, el cinturón y el sable, los pantalones y la camisa. Y así desvestido se fue hasta su taquilla, se vistió otra vez de Don Schiaffino Lo Storto y en la comisaría no volvieron a verle el pelo.

Hago notar que como otros visionarios de mi familia, este cugino de mi abuelo se anticipó a los espectáculos del futuro haciendo uno de los primeros “estriptís” que se recuerden.

Nunca nadie de la comisaría le vino a reclamar nada, y creo que no hacerlo fue una sabia decisión.

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